De cómo el fraude es bueno si es mío

Máximo Gris
… y es malo si es tuyo. Se han escondido la sociedad y sus valores bajo la bota del Estado y sus intereses. Se confunde al Estado con el gobierno en ese manoseo irreverente del concepto de patriotismo traído y llevado por los mistagogos del 84%. (En estos días, cuando respecto de las decisiones sobre la tasa de interés el Banco de la República desatendió el pedido del Presidente y con él de la clase empresarial, dijo el Presidente que el Banco de la República no escuchaba “al pueblo”.)
Ese sustantivo, la patria, por tradición y por historia, huele siempre a pólvora. Patria no es la recolección de las cosechas sino el desfile militar. Patria no fue la voz de los magistrados en el Palacio de Justicia ni la acción armada de los 35 guerrilleros, sino el “salvando la democracia, maestro”, de los 1000 itares. Pero hay por lo menos tanta patria en la voz de los maestros y en las sentencias de los jueces como en los uniformes del poder.
Hay una anestesia moral en el pueblo colombiano, en el 84%, que todos los días mejora su entrenamiento para justificar con el éxito todas las violaciones. Fue un éxito el secuestro de Rodrigo Granda por las autoridades colombianas en un operativo clandestino y abusivo en Caracas. Y la violación de la soberanía de Venezuela no fue nada. Fue un éxito el bombardeo y muerte de Raúl Reyes, y eso bendice la violación de la soberanía del Ecuador. Fue un éxito el asesinato de Iván Ríos, y el Estado colombiano se gloría de haber comprado por varios miles de millones de pesos un kilo de carne humana –la mano del guerrillero-. Haciendo uso ilegítimo –es decir, abusando- de los signos de una Misión Humanitaria Internacional, de un canal periodístico –Telesur- y de la Cruz Roja Internacional, se desarrolla el exitoso rescate de una civil colombofrancesa, tres contratistas espías, que es el nombre contemporáneo de los mercenarios, y una docena de soldados colombianos entrenados para matar colombianos y que en esa labor habían caído como prisioneros de guerra en la guerra que el gobierno no reconoce pero que identifican todos los demás estados del mundo, salvo Estados Unidos.
Fue un engaño exitoso. Pero es un engaño mío, y por eso se justifica. Que yo engañe no tiene nada de malo, dicen. Pero que me engañen a mí sí es una infamia. El engaño de Nicaragua a Colombia no fue un inteligente ejercicio ante nuestra ingenuidad, sino un incalificable abuso: Pedir permiso para sobrevolar el territorio colombiano desde Ecuador hasta Managua, y lograr que se les otorgara, sin mencionar que era para trasladar a dos o tres guerrilleras sobrevivientes al bombardeo del campamento de Reyes. Para ellos fue también el éxito de una operación humanitaria…
Engañar –decir mentiras o verdades incompletas- es un verbo que desde el siglo XVI bendijeron los jesuitas, los mejores discípulos del mañoso Nicolás de Florencia. Talvez fue nuestro Fernando González quien descubrió el jesuitismo larvado en la mentalidad inmoral de los colombianos. Lo deprimente es encontrar ese espíritu en los abogados (84%), en los estudiantes de derecho (84%) y en las gentes todas de Colombia (84%). De dónde quejarse frente a Robin Hood o a Pablo Escobar? No compartían, acaso, el provecho de sus latrocinios con la pobrecía? Y los asesinos que hacen limpieza social, no están prestando un servicio al conglomerado? Y los de la moto. No están acaso agilizando los cobros que la justicia oficial dilata indefinidamente? El fin justifica los medios, la “razón de Estado”, que alguna vez estuvo en labios del Presidente, son la lección de “moralidad” que expresa y tácitamente se imparte diariamente a los colombianos, y que poco a poco va calando, ya va en el 84%!

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