LITERATURA

ARENALES

 

 

LEÓN DARÍO GIL

 

El antecedente del ojo mágico fue esa pequeña ventanita enrejada que, como un postigo, se adosaba a la puerta de ciertas casas. Era la que se abría, antes de abrir la puerta, para asegurarse quien tocaba o quien timbraba. Si fueron las casas de citas las que la copiaron de las casas de los ricos, o viceversa, no lo sé. En las primeras había uno que se encargaba de hacerlo, uno de la entera confianza de la matrona y quien, a la perfección, conocía la clientela. Si quien tocaba no tenía lugar en su memoria, y adentro todavía había cupo, él, de su propio riesgo y tomando en cuenta la presentación y la presencia, decidía si lo dejaba entrar o no. Dentro de los clientes, los preferenciales no conocían límites para entrar: si no había donde, la matrona, donde sea, les inventaba un lugar. La ventanita, en un principio, le daba prestigio al negocio, después no.

Conocer las normas o claves que mueven las zonas de tolerancia es asunto de experiencia. Tres o cuatro veces, trampeando mi edad, por pura curiosidad había incursionado en sus predios: solo. Iba a mirar. Las conocía más de oídas. Casas, mujeres, procederes, precios, música, comodidades, atenciones, todo, o casi todo, me lo habían contado. Para ir, estaba acumulando arrestos y dinero.

Regular estudiante, tirando a malo. Me seducía más Tarzán y El Enmascarado de Plata que la clase de religión, más el recreo y la calle y el billar que el aula. Más me atrapaba las conversas con el zapatero que las letárgicas peroratas, angustiosas, del profesor de historia. Estaba en cuarto de bachillerato. Tenía el dinero para dos botellas de ron con pasante y, si mis cuentas andaban por lo cierto, suficiente para pagar, completos, las bondades de una mujer. Pero carecía de arrestos: se los pedí prestados a la astucia y los completé invitando, por mi cuenta, a dos compañeros de curso: Arias y Vallejo. Arias tenía la ventaja de ser aledaño de la zona, fumaba con solvencia de adulto y eso le otorgaba poder y lustre. Impecable en el vestir, de buenas para las mujeres, Vallejo tenía presencia, mucha presencia, y era ese atributo el tiquete, el mejor, para proveernos de buenas compañías. Para ir escogimos el miércoles. El martes, para afinar el plan y ponerlo a salvo de posibles contratiempos, a rajatabla de las clases, nos fuimos a estudiar el lugar y sus circunstancias. Aderezados con algo que nos mermara las trazas de estudiantes, el miércoles, inquietados por los anhelos, nos volamos en el recreo de la tarde. Vallejo se agregó una bufanda y una chaqueta de cuero. Arias se vistió un pantalón dominguero y una camisa seria que le restaba inocencia a su cara adolescente. Yo, sin su consentimiento y al escondido, me calcé las tejanas de mi hermano. Los útiles, consecuente con su complicidad, nos los guardó, en la tienda del frente, don Alonso. Veintitreseamos un rato hasta que fuera la noche. Ni Arias ni Vallejo consiguieron nada para aportar al presupuesto: éste era legal y enteramente de mi incumbencia. Hasta que fuera la hora: las 7, volteamos por la zona. Y no vimos ni notamos nada, ni policía que arriesgara nuestro propósito. De primero, seguido por Arias, remonté las 6 escalas exteriores de la casa. Para desmentir nuestra adolescencia, los tres fumábamos. Y, un poco aturdido por el miedo que acarrea la inexperiencia, casi pegado a la ventanita explicada, timbré. Quien se asomó, un hombre amanerado, pálido, como de cera, depilado, se empinó para reconocerme hasta los pies. Cerró con delicadeza la ventanita y nos abrió.