FILOSOFÍA
DEONTOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN

Enrique Quintero Valencia
Dentro de mí, la ley moral!
Fuera… el cielo estrellado.
Emmanuel Kant
Se puede investigarlo todo ? Se puede investigar de cualquier manera ? Con cualesquiera métodos e instrumentos? Es el científico responsable de sus hallazgos y de las consecuencias generadas por la ciencia ? A lo largo de la historia de la humanidad, las buenas costumbres, que son el sentir de la sociedad organizada, han dado significación a la Moral, con la acepción de mores majorum, buenas costumbres de las generaciones pasadas, consolidadas por la tradición. Más adelante, cuando las sociedades adoptan el Estado como aparato jurídico-político, muchas de estas buenas costumbres pasan a ser derecho positivo y toman la forma de leyes y normas concretas. Surgen entonces las distinciones entre lo reprimido por la ley del Estado, y lo condenado por la conciencia de los hombres y de la sociedad. En nuestro tiempo, se alcanza el contrasentido de los Códigos de Éticas profesionales que, en cuanto codificación, no son ética sino ley. Y, contrario sensu, sus violaciones serían a la ley, y no faltas contra la ética. Ésta permanece por fuera de las normas formales, dentro de un contexto filosófico y humanístico, imposible de generalizar porque su consideración es fundamentalmente casuística.
Ciencia y técnica, combinación que genera la Tecnología, son cada día fuentes inextinguibles de problemas éticos. Y así la investigación, que es su instrumento propio, tiene qué reconocer compromisos éticos en cuanto al objeto, las estrategias, y las consecuencias previsibles e imprevisibles de su desarrollo. Algunos aspectos generales son usualmente considerados, en tanto que otros permanecen en observación y latencia sin que se halle consejo qué dar. La ciencia es para el hombre, no el hombre para la ciencia. Siempre ha de considerarse al hombre como un fin, y no como un medio. El respeto a la integridad física y moral, y a la dignidad de las personas debe ser interés prioritario del investigador.
En la investigación aplicada es frecuente observar la discutible ética de ciertos procedimientos. Aquí, es el investigador que no deja hablar a los hechos, sino que les impone el libreto., que los pone a significar lo que él quiere o lo que conviene a su argumentación; allí, es el juez o el investigador policivo que se enamora de su hipótesis y sólo encuentra razones para confirmarla porque desatiende las pruebas en contra. Unos y otros manipularán los procedimientos y serán selectivos con los instrumentos y con los sujetos de una muestra para llegar a la meta que se han propuesto.
FILOSOFÍA
Del desprestigio de la razón en tanto discurso autónomo
Carlos Arturo Gallego M.
En el terreno académico la distinción entre el conocimiento a priori y el conocimiento empírico es de beneficio estrictamente racional y por ello científico, en tanto proporciona elementos de comprensión que derivan en afirmaciones y determinaciones útiles al desarrollo del pensamiento, en términos generales y —en ocasiones dramáticas— como me propongo probarlo, en detrimento de las libertades publicas y de los derechos políticos, entre otros. ¿Puede entonces la razón en este sentido, contribuir dolosamente a la expansión del poder dominante irracional? Vaya paradoja, vaya disonancia cognitiva. Intentemos pues, develarla un poco, en conjeturas así:
Uno: La filosofía occidental se ha nutrido de múltiples discusiones entre uno y otro concepto (a priori y empírico) sobre el alcance del conocimiento humano, con afirmaciones como “no hay efecto sin causa”, “todos los cuerpos son pesados” o incluso, desde las proposiciones matemáticas. Esta tendencia pretende demostrar cuál y en que forma uno (a priori, en adelante Ap) es indispensable al otro (empírico, en adelante Emp) entorno de sí mismo o producto de aquel. En otras palabras: cómo si el conocimiento comienza con la experiencia, no procede todo de ella y cómo Ap y Emp operan o se mueven “entre los sentidos”.
Dos: Se afirma que la experiencia (empirismo) nunca otorga a sus juicios una universalidad verdadera o estricta, sino simplemente supuesta o comparativa (inducción). Por tal, si se piensa un juicio con estricta universalidad, es válido únicamente a priori, no como resultado de la experiencia, es decir que en este juicio no intervienen para nada los sentimientos. En ese contexto se plantea que los conocimientos que traspasan el mundo de los sentidos desarrollan investigación y avanzan en lo científico. Es lo que denominan razón pura cuyos problemas esenciales son: dios, la libertad y la inmortalidad, y su espacio de resolución metafísica.
En tal contexto, las pruebas del poder de la razón no se han hecho esperar y desde las matemáticas, para no citar sino un ejemplo, demuestran contundentemente lo ilimitado del conocimiento a priori, que prescinde de la experiencia. El mundo entonces devino dividir y sumar como elementos constitutivos del poder al servicio de unos pocos, luego sociedades dominantes. Desde ese “conocimiento” las preguntas flotan en la historiografía de los Estados y de los pueblos, como cadáveres sin dolientes: ¿es la suma igual al total de sus partes? Habrá que preguntar a los destripadores puestos en el aeropuerto de CATAM rumbo al tío Sam ¿La división genera como producto infame los reinos injustos del poder de los imperios? Reenviar al todopoderoso que repite gobierno a toda costa.
Tales sumas demuestran la vulnerabilidad de quienes sirven a esos propósitos injustos. Aprender las matemáticas demandó al mundo civilizado poseedor de la economía, la dominación de las comunidades vulnerables, los descamisados; en beneficio propio y no común. ¿De que sirve aprender a sumar si no se tienen los medios autonómicos para elevar los índices de dignidad humana?
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