CARTA AL YO QUE SE NIEGA A ESCRIBIR

Estimado señor,

Permítame insultarlo de una manera cordial para que, sin más preámbulos, recupere la consciencia y entienda la necesidad categórica de ejercer la disciplina literaria. Quizás no se da cuenta de lo infantil de su reacción, quizás piense que está justificado a faltarle el respeto a la historia dejándole un vacío gigantesco y, ciertamente, no podría estar más equivocado. Usted bien podría objetar que es todavía más absurdo en cierta medida, idolatrar el ego para conseguir un objetivo, pero tanto usted como yo sabemos que la egolatría es su fortaleza y su debilidad, que tarde o temprano usted sucumbirá a la maravilla de las letras, aduciendo cualquier clase de objetivo mediocre que justifique su regreso y proliferando en augurios de grandeza con tal de alcanzar el fin en sí mismo; que sobra decir, no es otro que escribir porque está bien, porque es prácticamente ético, si se puede redundar, y sobre todo, es una cuestión de redención estética con el mundo, un devenir de sonidos incomprendidos que buscan su salida en algún germen de arte.

Hasta ahora lo he insultado poco y no sé si sea prudente incurrir más en dicha práctica  que con certera energía me propuse desde que empecé a dirigirme a su señoría. A veces y conociéndolo como lo conozco, creo que sería sobremanera imprudente volcarme a despotricar de su errónea conducta por el placer, que sin duda usted también disfruta, de retorcer un poco el mundo con la dulce maldad que nos caracteriza; el problema precisamente no radica en tal grado de maldad, sino en su susceptibilidad nuclear para la estructura por al cual encamina su vida. Ahora bien, si de caminos se trata, bien sabe usted que es su obligación elegir entre unos cuantos millones de ellos y si bien no es una carga deseable, puedo decirle con total seguridad que está bien remunerada, exclusivamente, cabe aclarar, cuando decide correctamente; porque de lo contrario siempre sentirá un miserable vacío que ambos sabemos que siente, una presencia de inequívoco resplandor a ausencia y ese eco extrañísimo que le llama desde el vientre de su producción manuscrita.

Predecible puede ser entonces la conducta que usted va a seguir a continuación; primero se encerrará en su orgullo y dirá: – que sabrá éste hombre de mí como para darme sermones -; a continuación dará vueltas sin sentido en su habitación, mirando al cielo constantemente y despotricando de la idea creciente que aviva el eco que escucha desde el día en que de manera estúpida decidió dejar de escribir. De facto sentirá un deseo de llenar ese eco con el ruido estridente de la realidad y lo que no comprende es que es la realidad la que se le está viniendo encima y usted todavía se niega a aceptarla; créame, y se lo digo con toda sinceridad, que será una maravilla visual observar su batalla de incoherencias mientras se rehúsa a someterse al deseo por un orgullo de idiota que sabe que detesta, pero que no quiere romper por un masoquismo subyacente, ese placer de sentir que el mundo lo llama desde muy lejos y, suponiendo que no sea así, pues usted podrá regodearse al menos en su locura.

Bien sabemos ambos que usted está escribiendo en anacronismos, que si lee esto es porque siempre lo ha estado escribiendo, que nunca ha dejado de hacerlo, que ve el mundo en líneas continuas de descripciones de hechos ilustrativos más allá de la realidad, sabemos que se idolatra lo suficiente como para matarse de letras y escribir cuando no escribe mientras mira su producción pasar de largo. Sabemos que usted es un yo incoherente que no va con usted mismo, que se zambulle en la densa realidad de encontrarse escribiendo aún cuando se debate entre la quietud y el olvido que últimamente han poblado su cabeza.

Ahora puedo despedirme diciéndole que espero que muera, que muera prestissimo y se deje absorber por quien no puede negar más tal realidad tan certera.

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