El Super-ego de los Famosos

El  Super-ego de los Famosos

Alfonso Gómez Echeverri*

 

Estando bajo el mecenazgo de Catalina II de Rusia, el gran enciclopedista francés,  Denis Diderot, en su condición de consejero y quizás  “favorito” de la zarina, no fue ajeno  a los explosivos arrestos del crecido ego de  su anfitriona, a quien le incomodaba la manera como Diderot, en su convicción deísta, venía socavando el fervor religioso que políticamente explotaba Catalina, en su lucha contra el poder otomano, protegiendo a los cristianos que estaban bajo el dominio turco.  Leonard Euler, el formidable matemático suizo del siglo XVIII, hacía su segunda permanencia en la corte de San Petersburgo, y por su “peso específico”, era el personaje que Catalina requería para urdir sus propósitos y apaciguar las pretensiones de Diderot,  a quien las matemáticas siempre le habían sido extrañas.

Diderot fue informado de que un sabio matemático poseía una demostración algebraica de la existencia de Dios, y sutilmente fue preguntado si quería asistir a la exposición que éste haría ante la corte en pleno, a lo cual accedió gustosamente. En el recinto preparado para el efecto, Euler avanzó hacia Diderot y en tono grave y actitud de estudiada convicción, expreso la siguiente paradoja:

“Señor: ( a + b? ) / n = x, por lo tanto Dios existe; replique”. El silencio no pudo ser más embarazoso, y los asistentes menos proclives a contener la risa. Diderot humillado, pidió permiso para volver inmediatamente a Francia, solicitud que le fue concedida mediante un gracioso gesto de su Majestad.

Mas tarde Euler,  estando en la corte de Federico el Grande, tuvo que soportar la mofa  de Voltaire, quien se divertía a menudo con los verbalistas que rodeaban al Emperador, para confundir a Euler enredándolo con análisis metafísicos intrincados; éste no teniendo más opción que admitir la chanza, se hacía partícipe del jolgorio y aceptaba sus ridículos disparates. Era pues manifiesta la incapacidad del notable matemático, para oponer argumentos a las especulaciones filosóficas.

Los famosos y tratándose de científicos, son personalidades muy fuertes que por lo regular inflan sus  egos, y manifiestan intolerancia cuando de disputar su fama se trata, y en ello el acicate de los medios de comunicación juega un rol desafiante muy útil a sus propios intereses.

Para Albert Einstein, quien no necesita presentación, el aceptar la teoría del Big Bang le llevo su tiempo, y en principio no vio con muy buenos ojos los trabajos que venía realizando el físico y sacerdote católico belga Georges Lemaître, quien planteaba un universo cambiante con el tiempo, y Einstein por motivos no científicos, prefería un universo inalterable en su conjunto. Fueron fallidos los  primeros intentos de Lemaitre -discípulo sobresaliente del astrofísico  Sir Arthur Eddington- por entrar en contacto con Einstein.

En el año de 1927, tuvo lugar en Bruselas el quinto congreso Solvay donde los grandes físicos discutían la nueva física cuántica. Lemaître presente en el congreso, contactó a Einstein para hablar de su artículo y éste le respondió: “He leído su artículo. Sus cálculos son correctos, pero su física es abominable”. Lemaître aludió a la velocidad de las nebulosas tema que conocía muy bien y ampliamente relacionado con la expansión del universo, pero su persistencia se volvió molesta para Einstein, creándose un clima embarazoso que aprovechó el profesor Piccard quien los acompañaba, para hablar en alemán, idioma que no entendía el sacerdote belga.

En 1929 Einstein atendió una de las varias invitaciones que le hicieran los  reyes de Bélgica. El soberano interesado por los trabajos de su coterráneo Lemaître, le  preguntó  a Einstein sobre la famosa teoría acerca de la expansión del universo; notando su incomodidad para dar una opinión, la reina Elisabeth quiso dulcificar la situación, y sabedora de la común afición que  ella compartía  con el convidado, lo invitó a improvisar un dúo de violín.

Una ceremonia en Cambridge en 1930, allanó el camino del sacerdote belga. Eddington en interlocución con Einstein, se centró en los trabajos de Lemaître, los cuales defendió con entusiasmo.

En 1933, Lemaître fue invitado por el físico Robert Millikan, director del Instituto de Tecnología de California, para dirigir un seminario sobre los rayos cósmicos al cual asistió Einstein, quien afablemente felicitó a Lemaître por la calidad de la exposición de sus conferencias. Einstein ya había admitido la teoría de un universo en expansión,  pero la idea de que  un “átomo primigenio” pudiera asociarse a la creación, lo incomodaba sobremanera. La situación se desbordó cuando el 22 de noviembre de 1951,  el Papa Pio XII pronunció una famosa alocución ante la Academia Pontificia de Ciencias, vinculando los nuevos conocimientos del universo a la creación divina. Lemaître, quien siempre mantuvo su independencia entre ciencia y religión, logró por intermedio del jesuita Daniel O´Connell, director del observatorio astronómico del Vaticano, que una posterior intervención de Pio XII ante la Unión Astronómica Internacional, hiciera claridad sobre los equívocos que pudieran suscitarse sobre estos temas.

Por fin el reconcomiendo de Einstein no se hizo esperar, e invitó como conferencista a Lemaître, en uno de los seminarios que dictó en La Universidad Libre de Bruselas en mayo de 1933, afirmando que Lemaître era la persona que mejor había comprendido sus teorías de la relatividad.

¡Einstein se había bajado del pedestal y tendido la mano a  Lemaître.!

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*alfonsogomez@etb.net.co

 

29-VII-2011

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Comentarios (1)

 

  1. Joseto says:

    En todos los cientificos estan sus “grandes demonios”: los sesgos cognoscitivos. Nunca un ser humano va alcanzar la objetividad absoluta y eso deriva en la “inflación” de sus egos….

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