RÉGIMEN POLÍTICO COLOMBIANO I

             I N T R O D U C C I Ó N

Hace años se aprendía  la historia patria dentro de ese molde viejo de mostrarla como el catálogo de las acciones militares, y con la viva convicción en los profesores de que los hombres hacen la historia, es decir, señalando la conducta pública y privada de los próceres como una fuerza decisiva en la vida de los pueblos.

 Y sí. Los hombres hacen la historia, pero no con una autonomía completa sino dentro de las condiciones objetivas históricas y geográficas donde nace y crece la Nación, ese pueblo con conciencia de su tradición y de sus esperanzas. Las batallas y las victorias son hitos que ponen colorido al paso de los años y los siglos, pero no es justo que sólo ellas impresionen la retina de quienes historian la vida de los pueblos. Esta no es rugir de cañones y batir de sables: es el empeño diario por hallar trabajo y remuneración, por sostener la familia y proyectar los hijos con intenciones de futuro, por abrir empresas chicas y grandes, por ahorrar e invertir si ello es posible, por entablar conversación con el vecino, y encontrar prójimos y vecinos en gentes de otros pueblos, de otras costumbres y de otras lenguas. La historia como memoria de vida de los pueblos es más amable cuando invoca menos las añoranzas y más los proyectos…

De otro lado, presentar el decurso de la historia se ha querido por muchos como un ejercicio aséptico, sin emoción ni convicción, sin entusiasmo crítico ni evaluación de las estructuras y las coyunturas. Otra posición -y en ella estoy- considera que el pez no mira con  indiferencia ni examina con objetividad el río en que nada, la corriente en la que está inmerso.  Vana pretensión es, pues, la  objetividad en la presentación de la historia. Más conviene tomar cuenta de que contamos  los episodios con la perspectiva sí de su relativa distancia, pero asumiendo que a todos nos afectan y no son cosa cuyo interés podamos evadir.

Conocer la constitución histórica  y política de un país es conocer y relacionar sus elementos ideológico y orgánico. La filosofía que lo inerva y las instituciones a través de las cuales se proyecta para la construcción de la convivencia cotidiana y del desarrollo hacia el bienestar  común.

El siglo XIX es hijo político de la Revolución Francesa y, como consecuencia de ello, los Estados que en él nacen tienen su impronta. Y las Constituciones que se dan se dirigen a edificar el Estado de Derecho, esto es, el Estado Liberal o demoliberal, promovido, desarrollado y defendido por las clases empresariales, por la burguesía progresista de todas partes. Estos dos últimos siglos han sido los de construcción, crisis y superación del Estado de Derecho.

La concepción del Estado Liberal burgués fue acerbamente criticada por Carlos Marx en sus obras de juventud. El liberalismo en sí,  en cuanto engendro del despotismo ilustrado, le resultaba idealista y anticientífico porque pretendía la existencia de derechos inalienables, anteriores a la sociedad y al Estado. Su propuesta combatía la posición positivista de Hegel, que hacía del Estado omnipresente la fuente única del Derecho. A su juicio –positivismo marxista- el derecho es producto social, y solo puede ser derecho natural referido al hombre social, mas nunca al hombre individuo como lo pretendió el jusnaturalismo tradicional. Recuérdese que es también en Marx donde se hallan las más serias objeciones a las “libertades formales” que como catálogo idealista liberal inician todas las Constituciones latinas de los siglos XIX y XX.

Este Estado es, con sus libertades que solo existen para las clases empresariales, lo mismo que la democracia representativa,  una simple expresión del fetichismo mercantil, una simple armazón que cumple un papel ideológico, arbitrar las relaciones entre el mercader del capital y el mercader de la fuerza de trabajo, esto es, de las clases sociales básicas.

La condena fundamental al Estado y al Estado de Derecho parte de su carácter de instrumento de la clase empresarial. Una reunión de los administradores políticos, un gabinete o un parlamento, no difiere de una junta de gestores de una empresa mercantil, y su compromiso real es el servicio a la explotación de los intereses económicos. La ley no es la expresión de la voluntad popular como lo plantea la teoría liberal, sino la expresión de la voluntad política de la clase dominante, es decir, de la clase empresarial. El derecho no es liberador sino alienante de las mayorías. En Lenin se hallará más tarde la idea más dinámica de que el Estado ha sido una dictadura de la burguesía, que en la marcha histórica será desplazada por la dictadura del proletariado.[1]

Sin embargo hay qué tener claro que la posición marxista-leninista es un anarquismo que elimina el Estado pero lo reemplaza con la autogestión comunista, y no puede confundirse con la idea de Hans Kelsen, en la cual la sociedad sin Estado se manifiesta como un completo  caos.

Débese tener en cuenta, asimismo, que es el Estado de Derecho, liberal burgués, liberal de la clase empresarial, el que utiliza las libertades individualistas, luego bautizadas como “los derechos del hombre”, como señuelo de las clases trabajadoras, del pueblo. Con el pretexto de la “igualdad”[2] entre patrono y trabajador, realizará la explotación legalizada por el contrato de trabajo, que constituye el más grande monumento a la legalidad de la opresión de unos hombres por otros.  Estos derechos humanos individualistas permanecerán como bandera hasta cuando se haga sentir el hombre social y fuerce la definición del Estado como Estado social. Pero eso esperará hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

La animadversión al liberalismo individualista y a su Estado burgués o de Derecho no fue solo de la izquierda. También provino de los fascistas italianos, alemanes y españoles. Su llamamiento a los soldados –carácter militarista-, su vocación caudillista y revanchista, su atracción a los propietarios grandes y pequeños, su pretensión de representar las clases medias, su rechazo de las minorías y de los extranjeros –carácter nacionalista a ultranza-, y su expansionismo imperialista, eran contrarios a los postulados demoliberales. El compromiso fascista era responder a las necesidades sociales pero sin comprometer a los sectores dueños del capital. El culto ideológico de la propiedad privada lo condujo al anticomunismo cerril. Por su lado, el caudillismo aportaba todo el irracionalismo filosófico de Schopenhauer y de Nietzsche, que rechaza el papel de los parlamentos y de la democracia representativa, a favor del Superhombre aquí encarnado por el Führer, por el Caudillo, por  el Duce, que hacen la ley porque están más allá del bien y del mal, y con ello de la responsabilidad ante la sociedad.

La economía fascista se ha visto siempre como la fórmula política extrema del capitalismo monopolista y financiero. Pero en la esclavización de la fuerza de trabajo y la ineptitud para la planeación dirigista central, tuvo su fracaso como instrumento económico de la burguesía, en tanto que mostró su inviabilidad histórica. El derrumbamiento del fascismo constituye, pues, una corrección de estilo en la explotación capitalista de la democracia política. La consecuencia más clara, observable en las Constituciones de postguerra, es el mejoramiento cosmético del Estado de Derecho con un régimen de intervención en interés de las clases trabajadoras insurgentes. El Estado de Derecho pasa a ser Estado benefactor, por diversos caminos que muestran desde el Estado solidarista de Duguit hasta las últimas manifestaciones del Estado Gestor. En Colombia estos ensayos se realizan a lo largo del siglo XX, y son desmontados a partir del gobierno de Virgilio Barco.

Ahora bien. Desde el punto de vista sociológico el siglo XIX muestra en lo que hoy es Colombia unas trazas peculiares. La estratificación humana hace patente una clara asignación de roles tanto a los de arriba y del medio como a los de abajo. Las mujeres, con todo el mérito histórico en la construcción de los valores nacionales y el incremento del patrimonio común, fueron objeto de permanente discriminación. De un lado estaba la distancia entre los varones y las mujeres. De otro, la estratificación vertical que colocaba en la cima a las extranjeras o españolas, y por debajo de ellas, las criollas, las indias, las negras. La negra es mercancía y objeto sexual. Las voces “indio”, “india”, todavía tienen connotación insultante. Y todas fueron víctimas del abuso físico del patrón y del marido. A veces también del hijo.

El siglo XIX edifica realmente el Estado, lo desarrolla hasta su máxima tensión, y luego atestigua su decadencia y la necesidad de una nueva estructura. A lo largo del siglo XIX el Estado fue la manifestación aceptada de la sociedad, y por ello no se habló de la que hoy se proclama con énfasis como “sociedad civil”, en un claro divorcio que hace ver cómo el Estado ya no es su intérprete ni su vocero global y permanente.



[1] LENIN Vladimir I. EL ESTADO Y LA REVOLUCION. Editorial Progreso. Moscú.

 

[2] Esa “igualdad” que magistralmente retrata con sorna Anatole France:”La ley prohibe a los ricos y a los pobres dormir bajo los puentes, mendigar en las calles, y robar pan…”

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