¿A nadie le duele la historia?

 

Carlos Arturo Barco Alzate

 

No puedo ocultar la tristeza y el abatimiento que me causó leer detenidamente una noticia nacional de páginas secundarias, relacionada con el “hallazgo” de un documento de alto valor histórico para el país, en una jornada de aseo realizada en las dependencias de la Gobernación de Bolívar: encontraron -entre basura de décadas de burocracia- nada menos que el acta de posesión de Rafael Núñez como presidente de Colombia, triunfador de las elecciones de 1892. Pues bien, la noticia así divulgada, y publicada en terceras páginas, produce varios sentimientos encontrados, si es que alguien tuvo la delicadeza –con el honor patrio herido- de leerla completa.

Que sea noticia que se haya rescatado tal documento de la basura por sacar, y de paso, de la irreversible garganta del olvido, no es tan desgarrador como que un libro de actas de la historia republicana de Colombia se haya acuartelado durante generaciones en un anaquel a la intemperie, sin el más mínimo esfuerzo humano para protegerlo, notar su presencia, o lo que es peor: su ausencia. Inmediatamente vienen a mi cabeza, desafortunadas noticias similares a ésta, como los importantísimos documentos históricos que van alimentando diariamente el insaciable apetito de algunos insectos diminutos, y, cómo, años atrás, algunos importantes volúmenes centenarios que salieron flotando río abajo en una creciente del río Gualí que tras un bárbaro invierno, azotó instalaciones históricas de Honda. Al igual que cada uno de los muertos que lloramos cada día en los noticieros, están grabadas en mi retina las imágenes, algo picarescas, de aquellos libros y documentos cientos de años archivados, desmenuzándose en las turbias aguas de un río rebelde que aquel día se llevó, literalmente, parte de nuestra historia.

¿Es que a nadie le duele la historia? ¿No es normal compungirse viendo célebres documentos estropeados por ratones y desdichadamente acanalados por insectos? ¿No es común afligirse al ver que nuestra historia escrita, sea una extensa red de túneles agujereados por bichos? ¿O que una agitada corriente se lleve lo que otrora fue celosa custodia?

Se me ocurre pensar que la historia, en Colombia, no tiene el lugar que se merece. Y no la tiene, ni en los archivos públicos, ni en el imaginario de los colombianos. Vaya círculo vicioso. Si los colombianos reclamaran conocer su historia, y la valoraran, seguramente documentos históricos hoy condenados al olvido y a su silenciosa destrucción, estarían en condiciones de suficiente protección o expuestos al público que los solicite. Seguramente, no estarían en estantes vulnerables a ríos en creciente o a insectos invasores. Pero para ello, hay que tener personas que se interesen por tal. Es apenas lógico, aunque no justificable, que si alguien no pregunta por la historia, no se preocupa por ella, y ni siquiera la conoce, algunos documentos terminen convertidos en bultos arrumados en una bodega, abandonados a su suerte, en el lugar en que menos estorben, si es que no son deliberadamente botados a la basura.

Nuestra atribulada patria tiene bastantes males que la aquejan. Pero sin duda uno de ellos es –vaya ironía-, la histórica desidia por la historia. ¿Cuántos jóvenes conocen de Colombia aspectos más profundos que nuestro evidente pasado colonial? ¿Cuántos adultos saben los orígenes de problemas tan actuales como la pobreza, el narcotráfico, la guerrilla o el subdesarrollo? ¿Cuántos padres de familia saben responder a sus hijos las preguntas obvias de la niñez históricamente inquieta?

Es deber de los colombianos interiorizar muchísimo más nuestra propia historia. No en vano, somos producto de ella. Tenemos que apersonarnos de lo que ha pasado con el país. De dónde venimos. Qué fue de nosotros. Por qué esto y por qué aquello. Debemos curiosear como niños pequeños por nuestro origen, colonial o republicano. Por nuestra raíz. Por nuestro pasado, negro, tormentoso o blanco. Debemos cuestionarnos por nosotros mismos como quien se pregunta por qué el mar es azul. Por qué los pájaros vuelan. Por qué se sienten mariposas en el estómago. Ese primer reconocimiento propio regalará muchas respuestas a las inquietudes que a diario suscita nuestro presente, y dará paso a preguntas más elaboradas. Y con las preguntas más elaboradas, vendrán las respuestas más difíciles, que habrá que estudiar más. Y tras ellas, las preguntas que tal vez responden los libros y documentos ahora abandonados a su suerte en sucios anaqueles. Y con todo eso, y con el interés que subyace, el ahora círculo vicioso se convertirá en uno virtuoso. Se dirá que no es tan sencillo, pero diré que es posible. Nadie dice que no será difícil, pero valdrá la pena. Sorpréndase con lo que puede lograr lanzando al aire una principiante pregunta histórica mientras almuerza con su familia. Sorpréndase viendo cómo alguno de sus destinatarios minimiza una ventana de red social y busca en internet la respuesta. Sorpréndase con el asombro de otros. Sorpréndase con la historia, sólo le tomará unos minutos, y habremos ganado décadas de progreso.

 

 

 

 

 

 

 

 

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