Madre África

 

Pedro Felipe Hoyos Körbel

Cuando se revisan los libros de historia colombiana se encuentran extensas referencias a la historia española y también se presta gran atención a la historia precolombina incluyendo reseñas de las culturas que florecieron en América antes de llegada de los europeos. Más si se busca, la en sí lógica mención del tercer tronco poblacional de América, el africano, la búsqueda es en vano porque este tema sufre una total discriminación. Al parecer en la historiografía nacional se sigue tratando al afrodecendiente como un objeto y no como un sujeto. Deducir que el afrocolombiano no ha superado el estatus de esclavizado dentro de nuestra historia es entonces evidente. ¿Cómo es posible que la historia de otro tronco étnico que pobló a América se desconozca? Somos expertos en casas reales europeas empezando con los Austrias y siguiendo con los Borbones y sus complejos enlaces y larga historia. Todo lo sabemos acerca de los tratados de la historia europea, desde las bulas papales hasta el de Utrecht. Líderes religiosos como un Lutero o militares como un Gran Capitán Fernández de Córdova no son misterio alguno para nosotros. Igualmente sucede con la historia precolombina: la sucesión de los Incas no es nada foráneo en nuestra cultura general. Acerca de los tipos de gobierno precolombinos, que se dividen en hordas, tribus, señoríos y estados antiguos, estamos enterados. También los mitos fundacionales, representados en un Bochíca, los sabemos interpretar. Son tan potentes estas dos secciones de nuestra historiografía que inclusive surge una rivalidad entre la escuela hispanista y la indigenista. Pero ¿qué sabemos del África? Todo un continente que es parte de nuestro pasado, no lo tomamos en cuenta. Somos así de torpes que la ignorancia y seguramente la pereza mental y la falta de criterio no nos induce a preguntar por esa otra importante herencia.

El esclavizado, traído a América, en su condición de esclavo perdía gran parte de su identidad cultural y se veía forzado a armar con fragmentos un nuevo cuerpo cultural. Esta feroz institución, la esclavitud, por razones de logística, destruía todo tejido, desde el familiar al social pasando por el religioso. Más esa nueva “sociedad” de esclavizados, por inercia, por condición humana tendió a aglutinar elementos  tomados de la cultura del amo para sostener y agilizar las dinámicas inherentes a la convivencia humana.

Se puede afirmar que esta condición de esclavizado, esos 300 años de diáspora y esclavitud, no quita que estos hombres y mujeres, pertenecientes actualmente a la nación colombiana, sean descendientes y herederos legítimos de las culturas africanas que florecieron en las zonas de donde fueron sustraídos, que fue principalmente el África occidental y por el mestizaje sucedido durante los últimos 500 años sea toda Colombia beneficiaria de esa riqueza.

Es entonces hacer que este país soñoliento y despistado entre en el goce de esa herencia africana. Qué a través del conocimiento se apropie y concientice esa riqueza cultural que usualmente sólo identifica en el folclor. La historia y la cultural del África es más, estamos en mora de crecer ampliando nuestros horizontes. Lo más probable es que la afrocolombianidad se podrá percibir bien o mejor sí se contrasta con la civilización africana donde subsiste un cuerpo entero. Ya no se trataría de una cátedra afrocolombiana, entuerto inventado por antropólogos y sociólogos excesivamente embebidos en teorías importadas y crear una cátedra africana. Simplemente una historia del África desde sus inicios documentados de hace 2.000.000 de años con los primeros humanoides, explicando el origen y características de las cuatro “razas” que se asentaron en ese continente: los hamitas llegados del Asia menor; los negroides al parecer originarios de las Montañas del Camerún y el Sahara; los hotentotes y los pigmeos troncos descendientes de esa evolución que señal al África como cuna de la humanidad. Una cátedra que le haga visualizar a Colombia las diferentes religiones vigentes en la historia del continente mal llamado negro. Cómo llegó y se asentó el Islam; cómo el judaísmo también dejó huella, cómo el cristianismo igualmente estuvo presente y especialmente cómo son las religiones ancestrales originarias del África. Es importante que se llene el vacio cognoscitivo acerca de los reinos e imperios africanos; esa pericia africana en organizarse políticamente, tan diferente a las que conocemos a través de Occidente, es necesario conocerla porque imperios milenarios produjeron una cultura política nada despreciable. El arte africano no se limita solamente a la música y aquellas mascaras tan ponderadas por artistas de la talla de un Pablo Picasso, también en la arquitectura se siente la presencia de una fuerte espiritualidad.  Temas como la esclavitud, de cómo más de 10.000.000 millones de seres humanos fueron exportados a América no se han discutido ampliamente en el ámbito colombiano, posiciones elementales han reinado y por ende desfigurado los hecho y las conclusiones. Hay entre el África y América una gran semejanza en muchos fenómenos históricos como la colonización europea que en África se dio en el siglo XIX y el proceso independista que en el África sucedió casi 150 años después, pero presentando condiciones parecidas como la penosa dependencia de potencias foráneas. Faltan por enumerar machismos temas más; en esta cátedra se debe hablar de la influencia de Egipto sobre en continente africano, más estas son una muestra llamativa de lo que estamos dejando perder, no en el olvido, sino en la ignorancia. Es muy probable que América pueda enriquecer la interpretación de la historia del África, porque desde la distancia se tiene una visón muchos más neutral para entender los procesos acontecidos, fuera que la mirada americana está sustentada por el conocimiento amerindio y el occidental.

La historia de Colombia adolecerá siempre de ser objetiva porque niega entre sus componentes esa parte africana, es casi imposible que la historia en Colombia se acerque a ser verídica por la arbitraria exclusión de sus raíces, de sus elementos africanos. Estamos, en Colombia, lejos de poder elaborar un espejo en el cual ejercer la soberanía de ver la imagen completa de nuestro pasado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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