El precio de la civilidad


montoyaanthiaJuan Camilo Montoya Anthía

 

La idea de civilidad es una noción que a ninguno de nosotros nos resulta extraña o desconocida, pues reviste una cierta  familiaridad pero que al momento de tener que dar una definición de ésta nos vemos en apuros. Este concepto ha estado presente en toda forma de sociedad moderna y aun así la concepción que se tiene de las mismas deviene en el tiempo, lo que si se tiene claro respecto a la civilidad,  es que en ella hay un componente normalizador. Por normalizador se entiende aquella tendencia humana a establecer un patrón, norma, ley o principio que rija el comportamiento de un fenómeno, que para el caso presente se refiere al comportamiento de un individuo respecto a las normas que dicta la sociedad.

La civilité o civilidad no es un logro de nuestro tiempo sino que como muchos otros conceptos gozan de su propia historia y desarrollo desde el surgimiento de las primeras sociedades modernas, como bien sabemos toda sociedad ha demarcado su propio ser histórico desde el paradigma de su tiempo; a saber, la moral, ideología, cultura, estructura social, política, jurídica y económica.  Son estos elementos los que definen las prácticas de una sociedad y su extensión en el tiempo, a su interior todo individuo ha de comportarse de acuerdo a los postulados de la moral colectiva, que no son otra cosa que normas y regulan el modo de actuar de cada miembro de la sociedad.

Aquel que actual contrario a estas normas sociales es censurado y sometido al escarnio público, el reproche y los juicios de desvalor respecto al actuar del individuo que afecta el orden normalizador de la conducta. En este se punto se comienza a elucidar como los modos de conducta son determinados y regulados por la sociedad, puesto que ello constituye statu quo de civilité de la época. Norbert Elias en el capítulo segundo de su obra “El proceso de la civilización” hace un análisis de la conducta social y los modos de conducta en las primeras sociedades modernas, a partir de la obra de Erasmo de Roterdam, De civilitate morum puerilium.

Bajo una ingeniosa óptica se muestra como “los buenos modales” fungen como ese modelo al que ha de ajustarse el comportamiento individual, que no resulta ser otra cosa que la tesis normalista que hemos venido esbozando en párrafos anteriores, el vínculo entre civilidad y buenos modales resulta ser la ejemplificación más ostensible en el análisis de esas sociedades modernas primarias; es así como en la propia obra de Erasmo de Roterdam se encuentra el siguiente pasaje:

«Siní oculi placidi, verecundi, compositi», dice, «non torvi, quodest truculentiae…

non vagi ac volubiles, quod, est insaniae, non lim quod est suspiciosorum

et insidias molientium… »

El anterior pasaje se refiere a lo que el propio autor observo en su medio social y los patrones de conducta que los individuos reportaban, reducidos a gestos, miradas, ademanes… etc. Las propias normas de conducta que han erigido un hombre artificial como molde social, imagen de sus propios ideales y su propia moral es lo que se retrata en esta obra, es así como en otro pasaje se dice:

«Quamquam autem extemum illud corporis decorum ab animo bene composito proficiscitur, lamen incuria praeceptorum nonnunquam fieri videmus, ut hanc interim gratiam in probis et eruditis hominibus desideremus»

 

Entre más se profundiza en el libro de Erasmo de Rotterdam en las descripciones que éste realiza sobre distintas patrones de comportamiento, se puede llegar a la creencia de la existencia de un espectro de conducta tolerable en el que se mueve el comportamiento humano en las prácticas sociales, es decir, ello ha venido marcando lo que comúnmente se entiende por etiqueta y el ideal de caballero. A pesar de que en principio nos movemos dentro de las prácticas sociales, estas aseveraciones se pueden extrapolar a la conformación del Estado y su fuerza normalizadora, respecto a la volición de cada individuo.

Otro ejemplo de esto es la obra de Oscar Wilde “El retrato de Dorian Grey”, que describe los ideales de una época y los modos de conducta impuestos a un modelo de hombre noble. La obra de Rotterdam también goza de una crítica irónica a ese pérfido producto social de hombre, un hombre artificial y manufacturado, que no es otra cosa que la conclusión de la historia de la civilité y nos arrastra a una reflexión crítica de lo que con forma tan laudable denominamos civilización. Voltaire en su obra “El Cándido” es otro de los autores que con marcada ironía describe la sociedad francesa moderna, mostrando a partir de su moral social la clase de hombre al que se aspira, como un hombre civilizado, caballero y bufón.

Aquello que llamamos civilidad que va acompañado de categorías como cultura y tradición mostrándose tan falsamente conocido por cada hombre, el precio que se ha debido pagar ha sido demasiado alto para ver al hombre convertido en un avatar de valores huecos, donde lo que llamamos sociedad moderna y ser civilizado es un teatro de marionetas e ídolos. Realmente es útil cosificar la existencia individual del hombre en beneficio de la perpetuidad de la maquinaria social, siendo preponderante en cuestiones de esta naturaleza preguntarse por el destino que ha de seguir la civilización y al punto al que ha de llevarnos; no siendo un punto final a la reflexión sobre el proceso de la civilización y su producto, más por el contrario la apertura de un nuevo capítulo en la historia de la civilización.

 

 

 

 

 

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