El indio Upira

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                   Alfonso Gómez Echeverri*

 

Me agazapé en lo alto de un arbusto mientras los latidos de mi corazón se desbocaban, observé cómo el invasor extranjero hecho prisionero por la tribu los Pozos a la cual yo pertenecía, era empalado y torturado hasta la muerte, antes de ser devorado. Temía por sobre todo la represalia de las huestes españolas que unidas con mis adversarios los Picaras y Carrapas ya estaban rodeando el cerro rocoso, donde un millar de mis queridos congéneres hombres mujeres y niños, se guarecían con una buena provisión de víveres. El  fragor de la batalla hizo que los niños se dispersaran despavoridos, para ser presa fácil de los canes que con propósito manifiesto habían sido entrenados por los españoles  para devorar cruelmente sus entrañas. Aquellos chiquillos que lograron escapar de las garras de los fieros mastines, fueron tomados de los pies por mis nativos enemigos, quienes dando un giro de media vuelta, estrellaban sus cráneos contra las peñas para luego como dragones hambrientos, saciar su apetito. No sé del tiempo transcurrido, el cansancio me adormeció y solo me quedaban fuerzas para mantener el equilibrio y no caerme.

Aún mi corazón lanza destellos de desdicha al rememorar la muerte de Tucarma, cacique de Chipata, condenado a la horca por orden de aquel  ser insólito, a quien una vez yo había contemplado furtivamente y con asombro, forrado en un material metálico que resplandecía con los rayos del Dios Sol;  cabalgaba ágilmente y vociferaba desenfrenadamente a un grupúsculo de treinta personas, que se movían extrañamente acompasados a cada mandato impartido por su superior, quien luego de ordenar hacer un hoyo en la tierra e hincar un tronco de árbol,  dio cuchilladas al madero con un objeto filoso que lanzaba destellos, en tanto un hombre luciendo una túnica larga color castaño con capucha, arrodillado con dos palos cruzados en la mano derecha y un   estandarte en la otra, hablaba pausadamente  mirando hacia el cielo. Nacía así la localidad de Santa Ana de Anserma, de manos del conquistador Jorge Robledo. El interés de Upira por acercarse a este personje, se puso de manifiesto cuando hizo parte de la gran maza tribal con el cacique Ocuzca a la cabeza quien se hizo presente atendiendo la convocatoria que hiciera  el gran señor de tez blanca y barba de plata.

Robledo acompañado del religioso mercedario fray Martin de Robledo y del escribano Pedro Sarmiento, ordenó al “lenguas” traducir al dialecto umbra la bienvenida que daba el conquistador en nombre de su majestad el emperador don Carlos I de España, y el deseo expreso que tenía de establecer entre ellos una colonia cristiana, instándole a que se sujetara a su autoridad en el entendido de no causarles mal alguno. Solo fue comprendida por el cacique la segunda parte de la perorata y en tono fuerte y grave, rechazó con altivez la proposición del extranjero, dejando en claro el respeto por la memoria de sus antepasados quienes siempre habían sido libres.

Un disparo accidental ocasionado por uno de los  los arcabuceros dueños del trueno, hizo que los perros se soltaran probocando la estampida de los indígenas, el efecto arrollador no se hizo esperar y se extendió a todas las huestes tribales, apresuradamente Robledo dio la orden de rodear al cacique y  su corte para conducirlos a su real.

Robledo ordenó que Ocuzca y su séquito fueran atendidos con generosidad y respeto, dejando en claro su voluntad de renovar cuanto antes el dialogo frustrado, el cual tuvo lugar a la mañana siguiente después de que el cacique terminó su liturgia de rigor, observada con curiosidad desde la distancia por fray Martín de Robledo.

Considerando el conquistador que la noción de libertad era especialmente  sensible para Ocuzca, trató sin mayores detalles el tema de la encomienda, que ya se vislumbraba como una posibilidad para que grupos de  indígenas cultivaran la tierra, recibirán conocimientos y se cristianizaran, pues ellos  venidos desde tierras lejanas era mucho el aporte que podía brindarles. Fray Martín, le explicaba una y otra vez que cruzar los dedos o dos “pacurues”, lo liberaría de la influencia del diablo Xixarama, con el cual el cacique había estado conversando esa mañana; Ocuzca respondió que todo aquello no era mas que una retahíla, que ya le había perdido el miedo a los “yomaracas”, desde cuando su pueblo comprendió que hombre y caballo forrados en material deslumbrante,  eran bien diferentes y no constituían una sola máquina de guerra; que la horca  de Tucarma después de abrazar el cristianismo, era un acto de traición inaceptable y que el diablo no era lo que ellos creían, sino su interlocutor cotidiano del cual recibían consejos para llegar al cielo.

Esa noche de gran tempestad, truenos y relámpagos, burlando la vigilancia de los “velas” y rondas escapó del real para refugiarse en tierras  del cacique Cananao. Robledo, sin hacer ningún esfuerzo en su persecución, prosiguió su campaña para asegurar el dominio español, siendo copartícipe con sus compañeros de ultramar, en ese quehacer de batallas, guasábaras, escaramuzas, intriga y codicia que causó la extinción indígena.

El indio Upira conoció así la muerte, la crueldad, la infamia y la codicia y rogó a Xixarama borrar de su memoria aquellos recuerdos vívidos que se aferraban a su memoria. Hizo reconocimiento de la estirpe de congéneres que le daban cobijo y los enalteció mencionándolos en voz alta en una lista que se  hizo interminable: Aconchaes, Andicas, Apías, Carpas, Carambras, Carrapas, Cartamas, Chipataes, Cumbas, Cupingas, Currumbies, Currumpanchas, Gorrones, Guacaicas, Guarmas, Guaticas, Irras, Mápuras, Martamaes, Maymanaes, Napioras , Pirzas, Purembaraes, Quinchías, Tabuyos, Tachigüies, Tusas, Umbrías, Upiramas, Ypáes, Yndipiatis y Zopías.

Mas tarde, Robledo extendería la ceremonia fundacional a otros dos sitios distantes de Santa Ana de Anserma denominados Cartago y Santa fe de Antioquia. Se conocería luego, en un juego de rivalidad fatal, de la muerte de Robledo por orde de su capitán Belalcázar.  Upira discernía el hecho de que esos aventureros se movían en un ámbito de intriga y deslealtad  y se mostraban  renuentes a aceptar la autoridad lejana que tanto ellos proclamaban y decían respetar. No se sujetaban a las leyes, normas o reglamentos, quizás como respuesta circunstancial al entorno en que se movían, desarrollando  un carácter dubitativo en su comportamiento, que se hacía particularmente ostensible en el tratamiento con sus semejantes de ultramar. El aforismo popular “Se obedecen pero no se cumplen” imprimió carácter en los gobernados y  se refería a la reacción que tuvo Belalcázar cuando a su paso por Cali, le entregaron un documento proveniente de Cartagena de Indias en el que el visitador Armendáriz comunicaba su misión y le remitía las  “Leyes Nuevas” para su publicación y cumplimiento.

Muchas lunas se sucedieron antes de que Upira se sometiera al vasallaje español para ser trasladado a los socavones de las minas de Cartama, no quería ser ya mas  instrumento del encomendero para recaudar los impuestos, pues le repugnaba replicar con igual efecto en su pueblo, esta disposición que por lo demás era común en las tribus antes de la conquista española: cobrar inclemente tributo a su pueblo. Sabía de la costumbre heredada del dominio que ejercía la aristocracia del cacicazgo; el “indio” trabajaba primordialmente para ella ya que sus necesidades básicas estaban satisfechas mediante el aprovisionamiento racionado de ropa, vivienda y comida, perdiendo todo dinamismo y creatividad, el comportamiento grupal se movía bajo el fenómeno de una conducta masificada, donde una aristocracia reinante con el cacique a la cabeza, dictaminaba todo lo que debía hacerse; quizás la beligerancia de las tribus para guerrearse entre ellas y la facilidad para unirse con la fuerza española, con miras a derrotar a sus adversarios de otras tribus, expresaría un deseo reprimido de emancipación.

A Upira lo seducía el oro pero pronto se percató de la miseria que el deslumbrante  metal generaba en el medio circundante. No tardó en sentirse presa de un hado que lo  agobiaba,  sentía que el confinamiento y la asignación de una tarea específica, menguaba su libertad personal, no soportaría más esa horrible fragmentación del día que limitaba sus espacios más esenciales para hacer su vida cotidiana. Mi estómago espetó, comanda el momento en que debo llevarme los alimentos a la boca y ahora ese extraño aparato cuenta-tiempo vigilado por el yomaraca de turno, me delimita los intervalos en que debo hacerlo. Upira se sintió victima del síndrome de Plauto:  ¡Los dioses confundan al primer hombre la manera de distinguir las horas!, y confundan, también, a quien en este lugar colocó un reloj de sol, ¡para cortar y destrozar tan horriblemente mis días en fragmentos pequeños!

En el adoratorio frente a su ídolo Mojana, el indio Upira evocó a sus ancestros los Zenúes y pidió la intercesión de Xixarama, quien se hizo presente al percibir la situación desvalida en que se encontraba Upira y complementando su angustia sentenció: No solamente  debe condolerte la cortapisa del tiempo, sino también la del espacio cuando percibes que las distancias  se te hacen más cortas en la medida en que cabalgas presuroso por el terruño desdibujando el paisaje, sin que logres ver cabalmente el esplendor y los matices de luz a tu alrededor, ni escuchar claramente la sonoridad del arroyuelo o el  canto de las aves; te estás adentrando en la comprensión de un mundo verdaderamente extraño pero adviertes solamente una de dos caras, la del espacio o la del tiempo. Como en aquella escultura bifronte de Jano cambiarás tu parecer, cuando mires desde el ángulo apropiado sin confrontar meramente una cara. Luego señalando en el suelo un granito de arena expresó: Observa lo pequeño que es pero está compuesto de minúsculas partículas que no alcanzamos a percibir con los ojos. Ahora mira el firmamento, ¿es muy grande verdad?, pues encierra toda esa cantidad de soles que resplandecen y parpadean en la lejanía, pero solo hay uno que se hace presente en la cotidianidad de tus días, tu Dios Sol. Cuando se desataron las fuerzas  fundamentales de la naturaleza, se formó la tierra que pisas y el cielo que contemplas;  quedaste así confinado en el espacio que vez y en el tiempo que transcurre implacable. Ambos: espacio y tiempo se necesitan mutuamente para subsistir y darte albergue, es tu mundo y solo puedes sustraerte de él cuando la degradación de  los elementos constitutivos de tu cuerpo por la acción del tiempo, pierdan su ordenamiento natural y  su capacidad para interactuar con el medio circundante; solo así  entrarás  salvando tu identidad personal, en la dimensión del eterno presente y prosiguió diciendo: El milagro de la vida es un proceso reiterativo de la naturaleza por mantener el orden y es la gran respuesta al desorden inicial cuando se desataron las fuerzas a que me he referido.

Ven súbete a éste rayo de luz y cabalgaremos juntos, seremos amos de la atemporalidad: ¡El tiempo ha concluido!  ¿Y qué ha sucedido con el espacio? musitó Upira, ¡ha! ya te lo había dicho, no mires una sola cara, aprecia el conjunto, y no me preguntes por la reversa del tiempo pues éste no tiene sino una sola dirección, desde el momento en que empezó a existir el espacio y el tiempo. No tengo en mi arsenal de artilugios, el eterno presente, solo hay una divinidad superior con poder creativo que lo posee.

Upira se despertó sobresaltado, el sueño lo había dominado mientras se encomendaba a Xixarama. Recordando las últimas palabras de éste, se sintió libre de la camisa de fuerza que le había impuesto el conteo del tiempo que tanto lo había importunado: ¡Quería solo mirar el conjunto y no la cara!

 

*alfonsogomeze@outlook.com

 

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