Los infortunios del virrey Juan de Torrezar Díaz Pimienta

        Los infortunios del virrey Juan de Torrezar Díaz Pimienta

alfonsogomezecheverriAlfonso Gómez Echeverri*

 

Las autoridades locales ya tenían conocimiento de la renuncia del virrey de la Nueva Granada Manuel Antonio Flórez Maldonado y su presencia en el despacho del gobernador de Cartagena Juan de Torrezar Díaz Pimienta, generó una creciente expectativa por conocer el nombre del sucesor. Sin mayores preámbulos Don Manuel Antonio Flórez entregó la Real cédula al gobernador quien luego de recomponer sus espejuelos una vez terminó su lectura, no pudo menos que secarse el sudor que corría por sus sienes y que amenazaba con estropear el elaborado acicalado de su peluca. Fugazmente su mente recapituló aquellos  aconteceres que habían marcado su vida desde cuando en España inició la carrera militar en calidad de coronel y brigadier del Regimiento de Zamora y por sobre todo recordó aquel día cuando fue vinculado a la Real y Distinguida  orden de Carlos III, en reconocimiento a sus notables servicios prestados a la corona española. Como en un acto reflejo acarició la medalla que pendía de su casaca leyendo por enésima vez la inscripción “Virtuti et mérito”, disponiéndose a asumir con renovada energía ese nuevo reto que se le presentaba de manera tan inesperada e inoportuna.

Prevalecía en él un inveterado espíritu de responsabilidad y no dudó en su determinación de desplazarse a Santafé para asumir las funciones de virrey interino.  Su eficiente desempeño como gobernador de Cartagena durante ocho años desde 1773-1781, tuvo en acto público el reconocimiento y muestras de cariño del pueblo cartagenero. Allí había conocido y desposado a Doña María Ignacia de Salas, de cuya unión hacía presencia un niño no mayor de dos años. El estado de gravidez de su esposa le preocupaba, dadas las condiciones inclementes del viaje en champán por el río Magdalena, que sin duda representaba una desazón para quien resolviera someterse a semejante contingencia.

El champán era una gran canoa hecha del tronco de un árbol llamado “champacada” del cual deriva su nombre. En el entonces bello caserío de Buenavista en la margen izquierda del rio Magdalena y cerca de su afluente la Miel, se construyeron otrora grandes champanes con el aprovechamiento de árboles colosales que crecían en las vegas del río. Las dimensiones de la canoa consistían de aproximadamente 12.5 metros de largo 1.70 de ancho y poco más de 1 metro de profundidad. Un habitáculo en el centro en una extensión de 8 metros construido con arcos de madera elásticos y resistentes, se cubría con capas de hojas de palma a manera de techo para prevenir la entrada de la lluvia y defender a los pasajeros del sol canicular.

El champán se constituyó como medio de navegación por el rio Magdalena a mediados del siglo XVI y fue introducido por los capitanes Alonso de Olaya y Hernando de Alcocer, quienes en su tarea de encomenderos de los pueblos situados en las riberas del Magdalena, exploraban una mejor viabilidad de transporte hacia las diferentes regiones de esta parte del Nuevo Reino de Granada.

En ese reducido espacio del habitáculo del champán de aproximadamente 14 metros cuadrados, se acomodaron los efectos personales del virrey y su familia. Para la ocasión se forró el interior en zaraza y el piso se tapizó con cuero de res de manera que complementado con sábanas y almohadas, sirviera de cama en la noche y eventualmente lugar de reposo en el día. Una mesa y 3 sillas parodiaban como despacho del virrey y bridaban alguna comodidad a la familia. En la proa ondeaba el pendón real y en la popa una improvisada y rustica hornilla a manera de cocina, dejaba escapar una incómoda emanación de humo que se traducida en un agobio más para los impasibles viajeros.

Tripulaba la embarcación un piloto y doce bogas quienes con el auxilio de grandes varas impulsaban la embarcación a un ritmo uniforme, fuerte y sostenido. Se navegaba doce horas diarias con descansos previamente programados y por la noche un árbol fuerte en la ribera del río servía para amarrar el champán; los bogas cuando no encontraban una choza donde pasar la noche, formaban varias hogueras y se enterraban en la arena playera ribereña dejando solo al descubierto los ojos y narices para así evadir el agresivo asedio de los insectos.

El aprovisionamiento de víveres se hizo en Mompox consistente en manteca, arroz, bollo blanco, pan de casabe, tasajo, panela y chocolate. El resto de provisiones como huevos, gallinas y plátanos se obtenía en las chozas de la orilla y el pescado se cogía con anzuelo o atarraya. En el trayecto los ribereños ofrecían a modo de exquisiteces y como homenaje al virrey y su comitiva, carne de animales cazados en los bosques como pavas, paujiles, jabalíes, venado y danta, mientras los bogas consumían diariamente sancocho y bebían agua de rio mesclada con ron.

Estaban cerca de finalizar el recorrido cuando el malestar que venía padeciendo días atrás doña María Salas, se concretó en un hecho fatídico dando a luz un niño que nació muerto, en el sitio de Buenavista conocido como la playa de Quiebra Cinta. Acelerando el ritmo de navegación con la incorporación de cuatro bogas más, llegaron dos días después completando así un recorrido de 45 días desde cuando salieron de Barranquilla hasta el puerto de Honda. Allí fueron recibidos por el arzobispo Antonio Caballero y Góngora, funcionarios gubernamentales y militares que debían cumplir la misión de escoltar al virrey hasta Santafé. Doña María de Salas necesitó nueve días para reponerse cabalmente, sin embargo el virrey presentaba un cuadro de adelgazamiento acelerado para un hombre obeso y de gran contextura física, el color cetrino de su piel y rostro demacrado, no acusaba un buen augurio: ¡Estaba completamente agotado!

Se dispuso de un grupo de cien cargueros que se iban turnando para movilizar al virrey y su familia. En Facatativá fueron objeto de una gran recepción y aquella noche Juan Díaz Pimienta como le gustaba que lo llamaran tuvo un agudo episodio febril, no consiguiendo sosegarse pensó que ya había llegado su final, una fuerte “opresión y fatiga lo asediaba”. Esa mañana apuraron el viaje y en las afueras de Fontibón obviaron la ceremonia de entrada a la capital donde finalmente llegó la comitiva el siete de junio de 1782. Tres días más tarde que fluctuaron entre mejorías y agravamientos, indujeron al médico y sacerdote Don José Celestino Mutis y Bosio a administrar la extremaunción; esa noche fue fatigosa pero en la mañana sintiendo algún alivio, mandó llamar a su esposa, impartió instrucciones sobre asuntos de familia y disposiciones de cómo debía ser sepultado; sin perder en ningún momento su lucidez mental continuó orando hasta entregar su alma a Dios ese once de junio de 1782. Lo sucedió en el cargo el virrey Antonio Caballero y Góngora.

Doña María Ignacia de Salas y su hijo regresaron a Cartagena para emprender viaje a España y de paso por la Habana el niño murió víctima de una epidemia de viruelas que allí se había desatado despiadadamente. Cuando a la Habana llegó la “merced de Su Majestad”, concediendo a la viuda la mitad del salario que ganaba su esposo, doña María Ignacia ya también había fallecido.

 

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