MEMORIA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

MEMORIA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

 maximogris-logo-recortado                                                                         Enrique Quintero Valencia

Cuando se elaboró ese barroco diseño de nuestro escudo nacional ya se estaba pensando en el frente nacional, en la transacción de clases comerciales y oligarquías económicas colombianas para “compartir la responsabilidad “ en la secular explotación de los trabajadores,  del pobre pueblo eternamente hundido en la ignorancia.  En la cinta liminar de ese escudo se escribieron las palabras libertad y orden con la misma intención conque después se consagraría constitucionalmente la existencia de dos partidos únicos, o mejor,  de dos formas de un único partido.  Curiosa persistencia de un Caifás dialéctico.  Un partido policlasista pero monolítico que organiza como entremeses de una única mascarada guerras civiles, paces honrosas, treguas laudables, responsabilidad compartida, alternación en la cabrilla o gobernalle, y siempre, de todos modos, permanente subyugación  de las clases explotadas del país.  Liberalismo y conservatismo son las caras de esa moneda única que paga en devaluada demagogia el sudor laboral.  Demos una mirada al proceso histórico, desde los lejanos comienzos, antes bien de que los colores rojo y azul ingresaran “en fajas iguales” a repartirse el color oro del pabellón nacional.

La guerra de liberación nacional, la independencia política de España, se presenta como un típico interés de la burguesía nacional, interesada en sustituirse a los ibéricos en el trono político y la explotación económica de la indiedad y el mestizaje.  No hay ningún interés de liberar al pueblo de sus cadenas, como tantas veces se pretendió al envolver en líricas palabras las verdaderas intenciones de la oligarquía santafereña.  Los llamados héroes de nuestra independencia no resisten un análisis juicioso en las retortas de la dialéctica. Toda esa mitología de prohombres educados en los colegios clasistas de la capital, constituye la vanguardia de la gran farsa.  Si sus efigies perduran exornando los parques municipales,  los cuartos de banderas de los museos y academias, y las aulas de las veredas, es porque en el país todos disfrutamos de un conocimiento limitado de la historia, todos la heredamos hecha y no nos cuidamos de tactar personalmente las oscuras personalidades de un Francisco José de Caldas o un Camilo Torres, corroídos por el egoísmo y la envidia, envueltos en las mezquindades de la vida cotidiana, y rodeados de una aureola fabricada por sus amigos y favorecidos.

El origen de los partidos ha sido presentado muchas veces, y no hay acuerdo real entre los historiantes, pues que cada uno tiene peculiares patrocinios para distorsionarlo.  En 1.821 los partidos o fracciones de opinión eran dos, Nariñismo y Santanderismo;  luego fueron Bolivarismo y Santaderismo;  después Urdanetismo y Liberalismo.  Más tarde, el liberalismo se escindió en Marquecismo y Santanderismo, o Ministeriales y Progresistas, respectivamente.  Por entonces, el Conservatismo había degenerado como partido, y los grupos existentes eran fracciones heterogenizadas en mixturas irreconocibles.

Indudablemente y en consideración a sus propias filosofías del vivir y del obrar, Santander y Bolívar fueron consecuentes con sus ambiciones; pero la tradicional calificación política de sus conductas ha estado sistemáticamente mal enfocada. Santander fue conservador, vivió encadenado al principio de autoridad;  y si a la religiosidad se va, a pesar de ser masón murió abrazado a un cuadro de la Virgen.  Bolívar, en cambio, fue auténticamente liberal, como hombre de resonancias universalistas y ambiciones dispersas de sentido cósmico.

Las ideas Santanderistas, y ello se le abona, fueron claras en la expresión,  si bien no siempre sinceras o prácticas:  libertades públicas , estabilidad del poder, austeridad de gastos,  centralización administrativa; todo con el objeto ideal de la felicidad popular, pero casi todo con raíz en el poder:  porque es preciso guardar el orden y la libertad religiosa, hijos de la libertad política, al menos en los espejos aparenciales.  Es curioso que con motivos como estos, desenvueltos con la espléndida oratoria demagógica de Azuero, este líder inteligentísimo triunfó siempre en las elecciones populares, pero salió siempre perdidoso al ser ellas perfeccionadas por el Congreso. Y tanto puede esto atribuirse a deficiencias de los escrutinios primarios, como a perfidia en los conteos calificados.

Santander no fue un hombre culto, pudiendo haberlo  sido por la elevación y riqueza de su familia. Pero en él tampoco había madera para construir una cultura;  él mismo era de sentido práctico, y tenía especial prevención  contra el cultivo en todos los niveles, lo mismo de la inteligencia personal que de la alfabetización de los pueblos y de las tribus. Estas palabras son suyas, y dan de él un concepto desastroso pero eminentemente pragmático:  “La vida de las naciones en este siglo se compone de bienes materiales, y por eso en los Estados  Unidos en vez de academias, museos y sociedades científicas o de literatura, se ven caminos de hierro, buques de vapor, banco, escuelas primarias,  canales, etc., al lado de leyes que dan garantía al entendimiento y al trabajo” . . .  Santander fue asimismo el culpable y el autor intelectual del mito político del “absolutismo bolivariano “.  Bolívar nunca fue tirano, ni en el más amplio sentido;  y supuesta la verdad del aserto santanderista, si Bolívar fue déspota, si fue dictador, si fue cacique, fue porque la patria y el momento lo exigían con urgencia médica. Bolívar usaba el poder para la defensa y desarrollo de un continente;  Santander apenas lo consideraba como un puente para el aprovechamiento y lucro de su círculo oligárquico burgués.  El centralismo administrativo santanderista dio origen a frases pintorescas  “Nosotros no debemos solicitar reconocimiento.  La nación que quiera hacer tratados que nos busque”. . .!

La Constitución supletoria de la de 1821 fue obra exclusiva de Azuero, pues sus compañeros de comisión – Del Real, Liévano, y López Aldana- se limitaron a firmar.  De ahí arranca toda la crítica a nuestros institutos políticos nacionales, y en ello se encuentra el primer ejemplo de la fe mala y la incuria a que estamos desde sécula sometidos.  Esa Constitución tiene sin embargo, la más genuina reforma republicana, según el autorizado concepto de Arturo Quijano. Fue por ello el veneno directo contra el gobierno de Bolívar que, obviamente, necesitaba en ese tiempo, según creemos, los poderes supremos en su mano para organizar la república. Y no hay en ello paradoja, pues la historia ha comprobado que mientras la república abre paso con su exceso a las tiranías, solo una dictadura puede organizar y poner en marcha una república democrática. Bolívar sabía esto, y esto era lo que él quería hacer.  Esa constitución azuerina debilitaba exageradamente la influencia del ejecutivo, y era federalizada. Azuero, liberal indudable, enseñó las teorías benthamianas de la utilidad social y la máxima felicidad.  Sus discípulos exageraron la nota individualista, degenerándola hasta el conservatismo  Evolucionarían hacia un radicalismo oligárquico  y más allá aún hasta el intervencionismo religioso, que no es otra cosa que el fanatismo proselitista.  Para el crítico liberal resulta tan repugnante el inquisidor deísta como el terrorista ateo.

Paralelo a los pasos santanderistas iba Azuero;  pero en 1840 se objetó su candidatura a la Presidencia por su anticlericalismo, su antimilitarismo y su fobia por el pueblo.  Y resulta incomprensible en una mentalidad como la suya la admirable posición contra los mitos y contra las armas, coexistiendo con el desamor al pueblo que debería ser precisamente el nervio de su conciencia liberal. Porque si su criterio liberal hace asco de los uniformes negro y verde oliva es porque ejercen una nefasta tiranía sobre los pueblos, los aplastan con las protervas fuerzas de la mentira y del belicismo artificial.  El clero y el ejército representan profesionalmente el terror al trabajo y el miedo a las herramientas.

Azuero fue presentado en su funeral como el arquetipo del filósofo cristiano en América, y ello tampoco es paradoja para nuestro tiempo,  pues bien sabido tenemos que el anticlericalismo no es un síntoma de irreligiosidad o anticristianismo, sino muchas veces la posición del cristiano integral que se siente coléricamente defraudado por los personeros de la religión y propugna airadamente un retorno a la verdad y a la autenticidad. Es posible que en materia política, Azuero haya sido el cerebro que movió y Santander el brazo movido;  si la coordinación fue equivocada, la culpa puede repartirse para que de ella participen los dos.  Hay pensamientos escritos por Santander con la pluma de Azuero sin duda alguna, y ellos son los mejores.  Santander fue liberal en lo poco que escuchó a Vicente Azuero, y es maestro del liberalismo en lo breve que de él copió. Como éstos “debemos hablar y obrar como si individualmente no hubiéremos sufrido ultraje alguno.  El bien común, fundado en los principios del orden social, debe ser nuestro guía, nuestro objeto y nuestro fin “. Santander no tenía capacidad cerebral para encontrar esto por sí mismo. Sin que tampoco lo creamos tan bruto como lo pinta el maestro Fernando González . . . . . . . .

Pero el liberalismo de Azuero estaba manchado de odios personales; su antibolivarismo fue un rencor particular, y es superficial y artificioso darle importancia  política o filosófica.  Sus criterios contra Bolívar se reconocen por el bulto, aunque Azuero los vista con apariencias de postulado político.  “Después de una discordia civil  -dice – no hay sino un medio de que desaparezcan los partidos;  es el de privar a uno de ellos de la esperanza de la reacción, quitándole todo poder de dañar y de volverse a levantar, y esto solo se consigue disolviendo sus corporaciones, privándolo de las funciones públicas y de las influencias que por este medio ejercían”. Cuando Azuero decía esto no habla por su boca el ideólogo liberal, sino el resentido mezquino que siempre odió a Libertador porque se mostró severo con sus discursos de halago y adulación.

La personalidad de Caro es una de las pocas que se presenta en éste país con el carácter de apasionante.  Pero estaríamos de acuerdo con cualquier cosa antes que aceptar en un hombre de su genio un temperamento conservador.  Caro fue un volcán activo, y acomodó en treinta y seis años de vida las multiplicadas existencias del poeta, el político, el sociólogo,  el filósofo, pasó del fusil a la pluma, combatió en los campos de batalla y en las asambleas, hizo periódicos y redactó informes ministeriales, escribió versos y ensayos filosóficos, teorizó sobre la ortografía e importó la sociología positivista comtiana.  Caro creía en el poder civilizador del cristianismo, que es algo así como creer en las cruzadas y en la guerra santa;  todo esto conserva proporción con la “acción intrépida” de quienes posteriormente se sentirán propietarios de la verdad única, del dogma. Fue formado en obras como VELADAS DE SAN PETERSBURGO de José de Maistre, lo mismo que lo sería su hijo Miguel Antonio. Sus ratos de extravío en doctrinas anticatólicas, lo mismo que los desvíos liberales del esclavista Julio Arboleda, son atribuidos por Rafael Maya al hechizo oratorio del Maestro Ezequiel Rojas, quién enseñó el utilitarismo benthamiano  hasta cuando Bolívar cortó de raíz tal orientación en las cátedras.  Caro en últimas, también tuvo sus buenos momentos de liberal, y de buen liberal.  El mismo había afirmado con parecido acierto que Santander. Azuero y López defendieron algunas veces principios conservadores. . . . . . . .

En 1848 Caro y Ospina, hereje arrepentido el uno, conspirador impune el otro, fundaron el conservatismo con estatutos de partido. En lo que se desprende de sus planteamientos iniciales, el máximo postulado del conservatismo es la guarda del Derecho en su sentido ideal, metafísico,  etéreo.  El partido es el conservador y perfeccionador del elemento cristiano de la nacionalidad. Conservar es dejar a cada cual como está.  Defiende, pues, la libertad de industria,  la inviolabilidad de la propiedad,  la reducción de los tributos, el ahorro, el trabajo libre, la inmigración . . . .regresando casi hasta el laissez faire que había refutado en sesudo trabajo el santo Caro;  sin embargo, el bueno de Caro, combatió con ardentía el indiferentismo liberal y el comunismo recién nacido.

En los más finos conceptos filosóficos, el conservatismo se presenta como una tendencia llamativa y benemérita,  en cuanto confía más en la experiencia y el conocimiento pragmático que en las especulaciones teorísticas e ideales que tan propicio campo tienen en el liberalismo.  Y en parte es buena esa razón.  Es innegable que algunas de las más importantes reformas y aún revoluciones, que la historia enseña como paradigmas, han sido obra de mentalidades conservadoras.  La reforma electoral inglesa de 1867 fue obra del discutido Disraeli;  el seguro social obligatorio nació de la mente de Bismarck en 1883; la abolición de la esclavitud fue obra de Lincoln.  Y cuántas más, son atribuibles a ilustres hombres del conservatismo universal, como Burke,  De Stein,  Cánovas del Castillo, Antonio Maura,  y aún Miguel Antonio Caro de Colombia.

En el Programa conservador original de Mariano Ospina y J. E.  Caro, figuraban, entre otros los siguientes puntos:  el rechazo de la dictadura,  el cristianismo contra el materialismo . . . (obsérvese que los postulados se proponen como agresión, remedio, o defensa  “contra” algo) . . . . La libertad, contra los despotismos militares y demagógicos;  la igualdad legal, contra todo sistema de privilegios.  La tolerancia, contra todo exclusivismo.  Sin embargo, fue en desarrollo de la tesis conservadora como se organizó la intolerancia religiosa contra las enseñanzas  protestantes, materialistas, masónicas y marxistas  . . . .  La propiedad privada, con marcado carácter individualista derivado del individualismo, preconizado éste por las Encíclicas y las teorías tomistas.  La Civilización, contra la barbarie  . . . . (denominando barbarie a los demás partidos).  Pero ese partido conservador que postuló el rechazo a la dictadura ha sido conducido por alguien que cerró el Congreso para evitar ser enjuiciado, y por quienes fueron peritos en la ratificación de los golpes de opinión cantados a dos voces.  Propuso también ese conservatismo escrito el rechazo del militarismo, y sin embargo los uniformes han sido su apoyo constante, hasta el punto de que es tan incomprensible un conservador antimilitarista como un militar liberal;  lo mismo podría decirse de los otros uniformes de la demagogia, los negros, de los sacerdotes: aliados siempre del poder y conservadores por voto.  A los obligados de pobreza,  castidad y obediencia, se une desde luego el voto conservador en las elecciones:  y el control conservador sobre las conciencias desde los púlpitos y los confesionarios.

“Las causas de nuestras revueltas políticas son tres específicamente:  La irreligión,  la inmoralidad, y el hambre, que toman común origen en nuestro detestable sistema de educación, con el cual se nos enseña a discutir en vez de trabajar;  a buscar utilidad, no a practicar la virtud;  a creer en la materia y a negar a Dios.  Y este detestable sistema de educación, viene desde Santander que lo introdujo, y de vos,  Señor –Márquez – que sin alteración lo habéis conservado “, protestaba en el parlamento el líder Caro. Para su opinión, la educación debía reunir cuatro condiciones: universalidad, conveniencia, calidad y eficacia. El conservadurismo le sale de bulto al afirmar la necesidad de esa conveniencia.  Las demás condiciones llevan implícito el repudio de los textos en que se informaba la aristocracia de la época, y que él mismo leyó en sus rebeliones moceriles:  Bentham, Tracy, Voltaire,  Condorcet, Holbach,  Rousseau, Hegel y Cabanis.

Caro cree que nuestras leyes son débiles tanto por su impopularidad como por su poca energía. Insiste en el orden.  Pero es que el orden no es una cuestión conservadora, ni liberal, ni comunista; no importa a nombre de qué partido lo haga.

En la teoría conservadora, la libertad tiene tres fundamentos o condiciones, que a nuestro ver no son otra cosa que formas de coartarlas bajo membretes pseudoideológicos: la regularidad,  la estabilidad, la responsabilidad. Continuando sus prédicas eufóricas, el conservatismo de Caro afirma que el ejercicio simultáneo y armonioso de todos los derechos constituye la PAZ  (con mayúscula);  el respeto de TODO derecho existente, el restablecimiento de todo derecho violado, es la JUSTICIA (también con mayúscula). Por eso el partido conservador es el Partido del Derecho y es, por naturaleza, pacífico y justo.

Como no hay más que una sola causa para la producción de esos efectos de paz y de justicia, el conservatismo es la conciencia moral y fortalecida por el sentimiento religioso.  Este optimismo metafísico a su favor es característico del conservatismo, lo mismo que el uso de las mayúsculas para iniciar el nombre de conceptos arbitrarios  . . .  Y qué esperaba a los que disintieran de la redención conservadora?  “La sola cárcel en que estarán seguros esos revoltosos, es aquella eterna y estrecha cárcel cuya llave es el pisón y cuyo alcaide es el sepulturero “ . . . .  Estas son las piadosas palabras del ideólogo conservador, amigo de la paz y la justicia, padre epónimo de un partido llamado antaño “del Derecho”, y hogaño simplemente “partido de la Virgen”.  El Conservatismo, quería Caro, no es un rebaño sometido a hombres. Pero este partido ha tenido sus mejores épocas cuando se ha convertido en facción y feudo de un caudillo;  cuando ha sido Valencismo, Laureanismo, Alzatismo, Ospinismo, etc.

En materia de política práctica, el Conservatismo colombiano ha sido históricamente el defensor de la hegemonía de la iglesia, del régimen concordatario que tan bien le sirve, y del centralismo autoritario. Por el contrario el liberalismo es el partido de la separación eclesiástico-estatal, y del federalismo, y en su tiempo, fue el amigo del régimen del Patronato y la sumisión y tuición de los cultos.

El Congreso de Panamá fracasa, y con él el pensamiento político de Bolívar, cuando la posición del continente está en manos de esos pequeños pseudodemócratas que dejó cono resaca la guerra de independencia: Victoria, Rivadavia, Páez y La Mar, Freire y Luna Pizarro,  y desde luego Santander en Colombia. Nuestro canciller, el encargado de llevar a Panamá el pensamiento cósmico del Libertador, es de la misma escuela de Santander, es don Pedro Gual, y el peso de los planes de Bolívar quería un continente fuerte para oponerlo a los intereses imperialistas de los Estados Unidos, que desde entonces preveía absorbente y abusivo. Pero Santander y Gual lo que hicieron fue invitar a los Estados Unidos y a los países europeos a formar una alianza defensiva, que después ni siquiera ratificaron las pocas naciones asistentes. El histórico episodio, que pudo ser definitivo para América, fue tronchado sutilmente par la diplomacia de John Quincy Adams y de Henry Clay. Ellos difundieron la idea de las ambiciones cesaristas de Bolívar y de su interés por la libertad de los esclavos, posibilidad esta última que aterraba no solamente a los norteamericanos sino a nuestros mismos compatriotas conservadores-liberales.

Viene luego la Convención de Ocaña: Los bolivianos desertan y la convención se disuelve. Pero de allí salen perfilados los partidos liberal y conservador. Cuando aún no estaba maduro en Europa el socialismo, algunos de los nuestros fueron infectados por su fiebre;  de ahí que la historia regional nos muestra pomposamente a José María Obando como “jefe del socialismo” y diga del gobierno de López en 1849 que fue una dictadura “socialista”.  El accidente es de elemental significado. EL 7 de Marzo el nombre de López fue impuesto a un congreso retrógrado y retoricista:  el 1º. de abril siguiente se posesionó del poder, y lo usó en la dirección de las corrientes más ágiles y progresistas de la época, así fuera necesario para ello reservar la vigencia de las prescripciones españolas e imponer penas y medidas ya de mucho antes abolidas. Bajo las influencias de la pluma de Murillo, el liberalismo se pone a tono con las importaciones ideológicas, se vuelve laissez faire y desgobierno, hasta culminar en la Constitución del 63. Florentino González y Murillo Toro, hacen por entonces la crítica del sistema de propiedad existente en el país.

El primero dice:  “La propiedad está mal constituida entre nosotros. Fue establecida por un gobierno despótico dominado por la inquisición y el fanatismo,  por la aristocracia clerical y de la sangre. Se constituyó, en consecuencia, de tal manera que adherido al dominio de las clases privilegiadas a la tierra que necesitaban las clases trabajadoras, estas estuvieron dependientes de aquellas. Pero esa constitución de la propiedad no es la que conviene a un pueblo republicano, a un pueblo que para usar de sus prerrogativas no debe estar embarazado por estas rémoras”.  Murillo Toro es más explícito.  El problema de la propiedad  – cree – es universal,  “Creo que una de las causas más hondas de perturbación en la distribución de la riqueza y en la generación de la miseria de muchos millones de hombres, está en la viciosa constitución de la propiedad en el mundo.

Es comparativamente insignificante el número de trabajadores que pide su subsistencia al comercio y a las manufacturas: no llega probablemente a la centésima parte de la población útil del globo; la gran masa tiene que pedirla directamente a la tierra, a la agricultura propiamente dicha, la minería, la pesca y las industrias extractivas; y si la tierra desierta e inculta se encuentra en todas partes ya apropiada; si unos pocos como sucede ya entre nosotros, tiene ya adquirido el derecho de impedir la expulsión del género humano al desierto, la gran masa tiene forzosamente que caer en la miseria o en la servidumbre.

Entonces la propiedad urge al liberalismo a considerarla en sus programas. Es forzoso que declare su punto de vista en relación con la propiedad de la tierra, el latifundismo y la explotación agraria del hombre campesino. Pero después de Murillo son pocas las novedades en el campamento liberal hasta la hora de Uribe Uribe.  Este empieza fijando un criterio relativista y pragmático: No son los partidos sino los acontecimientos los que organizan los programas. Esto nos explica por qué son tan optimistas los que esperan de los partidos el cumplimiento de las promesas electorales.  El programa es una oferta para atraer electores, y no es obligadamente un compromiso con ellos.  Del Plan Liberal propuesto por Uribe Uribe recordamos el proteccionismo industrial, la participación de los obreros en la plusvalía, las cajas de ahorros oficiales  y los banco obreros,  los bancos hipotecarios agrícolas los seguros, las cooperativas, el control de precios como freno a la especulación,  la reforma agraria, el arriendo agrícola con amortización de las parcelas,  el control de los cánones de arrendamiento urbano y la construcción de vivienda en serie para disminuir sus costos, la redistribución de la población,  la lucha contra la intoxicación alcohólica.  Y en cuanto a la educación, el establecimiento de una enseñanza más pragmática,  menos teórica, orientada a la capacitación antes que a la simple información.  No sobra recordar que la sugerencia de Uribe Uribe sobre la participación de los trabajadores en las ganancias del capital fue retomada por Jorge Eliécer Gaitán, pero quien en último término la patrocinó y disfrutó de la aureola demagógica fue Ospina Pérez.  Lo cual confirma nuestro aserto de que no hay dos partidos sino un partido con dos caras, que se presta los programas y alterna en el poder, haciendo unas veces de huésped y otras de anfitrión. Pero siempre a costa de la clase trabajadora del país, simplemente engañada.

Otro de los programas más ilustres fue el de Benjamín Herrera. Lo aprobó la Convención Liberal de Ibagué en 1922.  Defendía la elección del presidente por el Congreso;  el nombramiento de gobernadores sobre terna ofrecida por los diputados; elección popular de alcaldes;  salario mínimo fijado por la ley;  descanso semanal; jornada laboral máxima señalada por la ley; necesidad de fijar las condiciones de la prestación de servicios en un código laboral. Y dos cosas muy importantes, cuyo mérito ha sido disfrutado con singular indelicadeza por otros hombres y otras corrientes:  La igualdad de derechos de la mujer, lograda parcialmente hacia la década del 30;  y la unión fiscal de municipios y departamentos para la realización de los planes de interés común. Algo así como la semilla de las corporaciones regionales que hoy se ensayan.

 

En el programa de Gaitán , de 1947, está la carrera administrativa, y la  “estabilidad de las funciones, la estabilidad de los funcionarios, la planeación nacional a largo plazo, el mejoramiento del status de la mujer, el salario familiar – tan caro a la Democracia Cristiana Utopista- y el subsidio por los  hijos, lo mismo que la ampliación del seguro social obligatorio. Su deseo de  que todos los colombianos estuvieran calzados empezó a ser llevado a la  práctica por Ospina Pérez.

 

Pero no nos alejemos tan rápidamente de los comienzos.  Volvamos a ellos,  y una nueva exploración nos dará distintas imágenes, pero cuyo vigor las hace parecer de ayer no más. Es José Eusebio Caro quien bautiza a los partidos y les asigna sus héroes epónimos: “Asesinado Sucre, y muerto Bolívar en 1830, el partido bolivariano, o conservador colombiano, quedó postrado,  eliminado; y el liberal colombiano fue dueño del poder y gobernó sin contrapeso en Nueva Granda. El conservatismo tiene como ideólogo, como moisés de sus cielos prometidos a don José Eusebio. Pero que pensaba Caro? Caro no pensaba.  Repetía, copiaba, traducía, difundía. . . . . “El hombre es bueno pero es flaco;  es bueno, pero puede extraviarse, y entonces necesita  de regla que lo enderece y de castigo que lo escarmiente y corrija”. . . . La libertad en el hombre puesto que es libre ante Dios mismo. Pero por lo mismo que es libre, es responsable ante Dios y ante los hombres del abuso que haga de su libertad”. . .  Comte y Saint-Simón.  Comte y Saint-Simón.  Comte y Saint- Simón. Rechazó el sensualismo utilitarista de Bentham, y después de los descarríos, lógicos  en un diletante disperso, regresó a los inciensos y el agua bendita del cristianismo, como sus admirados Transon,  Dugied y Marguerin.  Caro hizo el hallazgo de los dos únicos remedios para la situación americana.  “No hay para la América española más que dos remedios: O desistir del gobierno democrático,  o adquirir las virtudes públicas y privadas necesarias para sobrellevar la libertad”,  Creyó –alma bendita-  en el equilibrio de la libertad por medio del sistema federativo, y tuvo la grande fe en una posible unión universal de todas las naciones de la tierra, con ejemplo en el imperio mundial del Vaticano, al amparo tenebroso de las sotanas.

 

Caro pidió gobierno fuerte, sufragio ilimitado, período presidencial de ocho años, multiplicación de los ministros, suspensión del Consejo de Estado, no deliberación del ejército, interpretación de las leyes por el juez, tolerancia religiosa, exclusión de los clérigos para los cargos públicos (1.842), educación a cargo de los sacerdotes.  “No les robéis lo que es suyo –decía el patriarca – pero tampoco les dejéis meterse en lo que no les pertenece”.  Como se ve, no pocas de sus solicitudes tienen filiación liberal y democrática, y aún anticonservadora.  La razón es simple, según nuestro sistema de análisis.  Partido de oposición al poder, que era el suyo entonces,  obraba como partido liberal, no importando los cánones y estatutos. Es tanto que el liberalismo, colocado en el poder, era a todas luces un partido conservador del poder y de sus lógicos privilegios y ventajas políticas.  Caro defendía por entonces la descentralización administrativa o municipalización de las instituciones,  y era decididamente yancófilo.  Afirmaba: “Nuestro título de conservadores indica que detestamos lo que destruye y buscamos lo que conserva;  que detestamos lo que enferma y buscamos lo que sana;  que detestamos lo que quema y buscamos lo que alumbra”, conceptos vacíos pero eminentemente retóricos y bonitos para el gusto de la época. Una frase como esta nos deja hoy balanceándonos en una gelatina, sin entender lo que quiso decir ni comprender lo que en verdad dijo. Pero en fuero de analista filosófico refutó el laissez faire que buenos escozores le causaba, y es esta una de sus acciones más positivas.

 

Quienes remontan los orígenes del parlamentarismo o el liberalismo o el respeto a los derechos humanos hasta la hiperbólica MAGNA CARTA de los ingleses, desvarían  ciertamente.  Pues la famosa Carta Magna no tiene ninguna relación con el concepto filosófico y político de democracia. Pero el liberalismo tiene ancianas raíces.  la reacción contra los hierros y las candeladas infames de la inquisición, era ya una forma de liberalismo. Infortunadamente, esa democracia que poco a poco fue formándose, sirvió también de prólogo a varias tiranías. La democracia de las repúblicas cuando es producto popular y masivo, no hace más que trabajar por una tiranía.  A la república de los jacobinos siguió el imperio personalista de Napoleón;  a la república francesa del 48, pródiga en retozos oclocráticos, siguió la dictadura de Napoleón III;  la democracia popular de los sóviets en el 17, fue el camino de la monarquía de Stalin; la democracia incipiente del neosocialismo alemán, condujo a loa férrea entronización de Hitler.  Y así en sucesión harto larga.

 

El primer congreso conservador, es – como veíamos- el de Caro y Ospina en 1849. Pero ya a partir de 1847 empiezan las llamadas “grandes retomas liberales”: voto directo para presidente, vicepresidente y congresistas, procurador, magistrados  y fiscales;  liberación de los esclavos; liberación del tabaco estacando;  supresión del proteccionismo aduanero. . . . . Unas décadas después, quitan,  sin embargo, el sufragio a los sirvientes domésticos y a los que no pagan contribuciones o no tiene profesión definida. El liberalismo que inerva estas constituciones es un liberalismo cachaco que se sacude el polvo de los desheredados y de los malvestidos;  pero conserva su altura filosófica y las conquistas burguesas: “La nación  colombiana, dice, no es ni debe ser nunca patrimonio de ninguna familia ni persona”. Como esto se borró posteriormente con la anuencia de todos los partidos, la nación ha podido convertirse, como de hecho ocurre, en una hijuela dinástica de las oligarquías que se apellidan Ospina,  Santos y Lleras, a título de ocupación y explotación sistemáticas.

 

A principios de la segunda década del siglo XIX, el liberalismo federalista era la posibilidad de multiplicar las constituciones al amaño de los caciques de cada feudo.  Tantas constituciones y tantos ejércitos como estados soberanos se logra acomodar en el mapa. Pero la improvisación federalista tiene avances curiosos.  Cien años antes de que esto se le ocurriera a Rojas Pinilla, la constitución de Vélez otorgó a la mujer el derecho al sufragio. El período radical del liberalismo brilla por la mediocridad política al lado de la innegable profundidad humanística. Volvemos a los liberales de biblioteca que tanto habían lucido en los tiempos de la independencia.  Zaldúa Parra,  Salgar,  Santiago Pérez,  Esguerra y los Zapata.  Y un solo talento político,  Murillo Toro.  Después vendrá los tiempos en que hay que abandonar las plácidas tertulias de biblioteca y coger los caminos del monte. Desde 1890 hasta 1911 el liberalismo es perseguido sin cuartel.

 

El programa liberal de 1935, con la inspiración de Alejandro López, formuló bases concretas para la modernización del país y el favor de las clases populares;  pero fue rechazado por las obligaciones liberales y su realización fue entrabada por los altos interesados en el continuismo. Por entonces el opositor conservatista esgrimía como únicas armas políticas las citas de las encíclicas papales y los principios del Evangelio.  Y eso que ya estábamos bien entrados en el siglo XX. . . . .

 

En 1836, la Ley de Tierra, lloviendo sobre mojado, resucita la condición resolutoria por el no cultivo de la tierra, que había ordenado desde la conquista el derecho indiano español.  Y aun así, fue dejado de lado durante una larga temporada, hasta cuando la Ley 135 del 61 volvió a hablar de Reforma Agraria.  La ley 45 del treinta y seis también es parte de la afirmación popular del liberalismo.  Y hacia la misma época, la consideración del trabajo como obligación social protegida par el Estado; el derecho de huelga; la asistencia pública, en sustitución de las sociedades de San Vicente y demás creaciones caritativas e injustas del catolicismo conservador;  la propiedad con función social; la expropiación con y sin indemnización;  la planeación;  la tributación directa y progresiva;  la creación en los gobiernos liberales siguientes del Instituto de Crédito Territorial y del Instituto de Fomento Municipal,  las campañas de vivienda rural, la organización del Catastro, y los avances laborales del Contrato Colectivo. Sin embargo hay que decir algo del liberal-conservatismo colombiano, y es esto: En el libro LA SUBVERSION EN COLOMBIA (1967), Orlando Fals-Borda examina un fenómeno curioso y típico. En Colombia y el síntoma sirve para América, los izquierdistas de un tiempo dado conforman veinte años después el círculo de la reacción. El autor trae dos ejemplos particulares y bien claros. Camacho Roldán y José María Samper, los radicales de 1848, son los reaccionarios del 75, treinta años después. Lleras Camargo, el numen del social-comunismo colombiano de 1920, es en el 57 el creador del Frente Nacional y panegirista de las oligarquías.

 

El hombre, como persona, gira dentro del mundo  de la libertad.  Pero como animal,  que también lo es, está excluído de la órbita de la libertad e inscrito en la órbita de la necesidad, de las leyes de la naturaleza.  Pero el hombre en el Estado de luz a  reflexiones que deben ser juiciosas.  La idea alemana del Estado ha tenido la virtud de ser no solo la más pragmática y funcional, sino también la de más ostensible explicación lógica por su paralelismo con la observación de la realidad cotidiana. Der Staat ist Macht. El estado no es más que la entidad que divide a los hombres arbitrariamente en gobernantes y gobernados.  He ahí el raciocinio y la sensación vital de que participan Marx,  LASALLE,  Engels,  Oppenheimer,  Ihwering. . . .prolongando una multisecular herejía filosófica iniciada por Calicles en la Grecia  clásica.  La teoría de Douguit halla la esencia del Estado en la solidaridad social, al definirlo como una cooperación de servicios públicos organizados y controlados paor los gobernantes”,  Es el sentido de lo que los ingleses denominaron  “common  wealth “.

 

No se puede perder de vista que las viejas teorías platónicas fueron estrictamente totalitarias, aristocráticas, antipopulares, antidemocráticas.  En las teorías políticas de Platón, la plebe –por más adinerada que sea-  carece de los derechos políticos y estos son reservados excluyentemente a los sabios, a los filósofos,  directores y detentadores insulares del poder.  Platón exige una educación esmerada sin discriminación de sexos (con lo cual es remoto precursor del feminismo y la Womens Lib.) para lograr el objetivo de que las elecciones del gobernante revisten seriedad y responsabilidad y no están entregadas al fácil entusiasmo propiciado por los demagogos que obran sobre la ignorancia del pueblo elector. En el estado utópico de Platón, una de las elecciones más importantes era la del ministro o encargado de la Educación de la juventud, misión ésta que se consideraba la principal de las cargadas en cuenta del Estado. Descartados los sistemas puros de gobierno (monarquía,  aristocracia,  democracia). Platón opta por el sistema mixto, más razonable, más operante y eficaz que todos ellos.  Más tarde, tras examinar las posibilidades, discurrirían hacia el mismo concepto los teóricos más destacados de la política. Aristóteles,  Polibio,  Cicerón,  Santo Tomás,  Locke, Montesquieu,  Hamilton (el teorizador burgués de la antipopular constitución estadounidense), y nuestro Bolívar.  En estudio de las teorías platónicas hay muchas observaciones desquiciadas por los que conceptúan sobre la sola base de LA POLITICA; es ciertamente una obra descollada y básica, pero es evidente que platón no solo complementa y modifica su pensamiento en LAS LEYES, sino que aún llega a contradecir y refutar, a revaluar sus teorizaciones de LA POLITICA.

 

En los clásicos postulados del examen de las teorías políticas se define que cuando las mayorías reconocen el derecho de las minorías, hay democracia;  cuando la desconocen como ocurre en la dictadura mayoritaria del proletariado, hay demagogia u oclocracia. Esto da lugar a variadas reflexiones.  Thomasio, continuador en algunos puntos del ilustre Puffendorf,  es partidario del estatismo,  de la estatolería, bajo sus formas de Estado Policía  (diferente al Estado Gendarme).  El estado, para Thomasio  cuando éste representado por un príncipe o autócrata ilustrado, es la fuente de la felicidad general. Y por ello necesita poderes omnímodos y sistemas que le faciliten el control estricto,  aún de la vida privada de los súbditos.  Todo se salva aquí con la presumida intención de realizar la felicidad de los vasallos, así sea imponiéndoles el monarca su propio criterio de la felicidad. Wolff es también partidario de esta estatolatría, y considera que el Estado es el propiciador del bienestar y la comodidad generales.  Tiene el mérito este tratadista de haberse preocupado un poco por la solución y las soluciones sociales afirmando que el Estado debe velar primordialmente por los menesterosos y enfermos, los necesitados de protección.  Era éste un criterio nuevo pues con anterioridad a Wolff el sistema de protección a los pobres estaba a cargo de las iglesias y cofradías religiosas, pero no se predicaba como obligación del Estado.

 

Las ideas del equilibrio del poder por la división de los órganos del mismo aparece, antes que en Montesquieu, en el jurista ginebrino Juan Jacobo Burlamaqui (1694-1748), partidarios así mismo del tipo de gobierno mixto. En la teoría de Rousseau hay diferencias importantes con los demás contractualistas. Grocio, Locke y Samuel Puffenforf concebían el contrato social como un hecho histórico; Rousseau afirmaba que era apenas una ficción dialéctica necesaria como lo pensaron también Hobbes y Spinoza.  En el contrato social rousseauniano los hombres renuncian a todos sus derechos excepto a uno: la igualdad. Este es irrenunciable en todas las formas, absolutamente. Dice Rousseau que al destruirse por el contrato social la “libertad natural”, el hombre adquiere una libertad más elevada aún, la libertad civil, la libertad propia del ciudadano.  Para llegar a esta conclusión se vale de argucias literarias. Pero de todos modos su sanción, su “intuición” humana es interesantísima.

 

No hay constancia de que Rousseau haya tenido oportunidad de leer literatura oriental.  Pero indudablemente una buena parte de sus teorías, expresada en forma y esquemas morales, figura en las teorizaciones de los santones y bonzos. Su dogma básico se diría que es tomado de Mencio, si no fuera por la dificultad de afirmarlo con certidumbre.  Donde dice Rousseau,  “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”, había dicho el teólogo chino: “El hombre nace con un alma ingenua que la vida corrompe poco a poco”.

 

Probablemente la más clara sensación de la soberanía popular es la tenida por Marsilio de Padua, heredada y en veces mistificada por Aquino y Compañía. Ella tuvo decisiva influencia, -controvertida,  copiada,  discutida, reformada, pero salvada sustancialmente-  par los continuadores de la teoría democrática. El poder procede de Dios, enseñaba, pero reside en el pueblo.  La función de hacer las leyes pertenece al pueblo, a los ciudadanos. Y es indelegable. . . .

 

La teoría democrática tiene otro representante en el Padre Mariano, clásico de la lengua española.  El padre Mariano, expone, mas como letrado que como filósofo, y por ello es explicable la ingenuidad que aflora a veces en sus conceptos.  Fue tenaz defensor de la soberanía en cabeza del pueblo.  Y aún ocupó su entusiasmo la apología del tiranicidio, llegando hasta formar todo un capítulo con las formas más recomendables para realizarlo. Para algunos el Padre Mariano es algo más que un simple Maquiavelo, un hombre de tendencias diabólicas, en verdad apenas difundía –como Maquiavelo en sus horas- las ideas que corrían por aquellos tiempos y plazas en boca de todo hijo de vecino más o menos ilustrado, como reacción a la situación social y a las exacciones, lo mismo que a la abierta tiranía y arbitrariedad de la política de los señores.  Hay que tener en cuenta que las ideas solo se recuerdan cuando han sido expuestas –no como fruto de especulación, como comprimidos de biblioteca o reflexiones de insomnio, sino como respuesta a los problemas de una época.  Mírese que la idea de suprimir la tortura como institución penal se inscribe en los méritos de Beccaria, porque lo hizo con oportunidad y energía. Aunque no había sido el primero. Dos o más siglos antes que él, había solicitado lo mismo el clérigo dominicano Domingo de Soto, discípulo y continuador de Fray Bartolomé de las Casas.

 

Con los seguidores y apologetas de Locke como teórico liberal ocurre lo mismo que con el ejemplo de la Carta Magna. La teoría Lockiana del Estado Gendarme, aunque considera y valúa la voluntad mayoritaria como eje de los gobiernos, desconoce, el derecho de los pobres: de ahí  que no puede considerarse como pensamiento democrático el suyo, la protección de las libertades para los poseedores, ricos y terratenientes, en forma única y excluyente, -es decir, el liberalismo burgués—no puede ser la doctrina de corte democrático. Las teorías de Montesquieu son antidemocráticas, si bien es cierto que no son aristocráticas: se proyectan hacia un liberalismo individual y ese es su nervio antipopular. Las doctrinas de Rousseau son – simultáneamente- democráticas hasta el exceso, y finalmente totalitarias. Montesquieu no niega la importancia del derecho natural, pero apenas sí lo toma en cuenta en sus especulaciones; se presenta como un jurista dado al relativismo filosófico, cuando deriva de las condiciones ambientales lo que él denomina “espíritu” de las leyes. Montesquieu tiene como estado ideal de los ingleses.  Pero la separación de los poderes que él mira como situación propicia el equilibrio en el gobierno y barrera para el abuso del poder, más parece una innovación o un yerro de su cacumen literario y científico, pues es imposible que lo haya deducido como afirma de las legislaciones inglesas que estudió en su época.  Entre los ingleses siempre ha primado el Parlamento, y jamás ha habido separación de poderes como él lo pretendió.

 

La moderna teoría del Estado considera que un Estado puede perfectamente acomodarse a su sentido esencial, aunque sus órganos del poder no están separados como lo aconseja literariamente Montesquieu, en forma que con entusiasmo acogieron y dogmatizaron los teóricos liberales del despotismo ilustrado y de la aristocracia burguesa.

 

Pero retomemos una última vez a Platón, buena fuente de no pocas ideas modernas, buenas las unas, inconvenientes las otras. En el Estado ideal de Platón, el interés cívico era consecuencia que apenas se reconoció a los que se portaban como patriotas.  Así, para intervenir con el sufragio en los destinos de la nación,  era necesario estar capacitado para defenderla: el que no había prestado servicio militar, no podía solicitar derechos políticos! Cómo cambian los tiempos, nos decimos a la vista de la realidad contemporánea. Ese pensamiento tiene consecuencias subversivas, si se entiende que su aplicación en el mundo capitalista contemporáneo desplazaría del poder a las clases empresariales, que han montado ejércitos para la defensa de sus privilegios, siempre a costa –física y económicamente hablando- de las clases explotadas. Limitar el sufragio a los que pueden “defender la patria” como lo quería Aristocles, significaría hoy llevar a las urnas únicamente los elementos que constituyen el proletariado urbano y rural, gentes destinadas a ser carne de cañón en las promociones de mercado que denominamos guerras, y que sirven los intereses de los potentados obesos y artríticos, incapaces por naturaleza para empuñar un fusil en la “defensa de la patria”. . . .

 

Nuestra reciente legislación sobre el patrimonio familiar inembargable, fruto de las mentes avanzadas, conocedores de las corrientes políticas y jurídicas de otras naciones, no es sin embargo descubrimiento, si se tiene en cuenta la conexidad con precedentes tan similares y dignos de destacarse como los contemplados en la legislación griega del período clásico.  No sé si las ideas de Platón se llevaron alguna vez de la práctica, pero en sus obras contempla el sistema de que todos los bienes inmuebles de su Estado utópico tuvieron la misma extensión;  habría un registro público de la propiedad raíz, y ella no podría ser enajenada ni quitada por ninguna razón a su propietario.

 

Los apuntes que hasta aquí desarrollamos quieren indicar un hecho histórico: los partidos políticos colombianos, importación de ideas indiscriminadas, han evadido sistemáticamente la realidad continental y las circunstancias propias de nuestro pueblo y nuestra tierra. El liberal-conservatismo colombiano ha tenido como constancia histórica el predominio de la clase empresarial, el pensamiento político-literario ha sido la expresión de sus intereses próximos. No ha habido partidos populares, porque se ha persistido en la formación pluriclasista de ellos, pretendido así disfrazar la lucha de clases. Entre liberalismo y conservatismo no hay linderos reales solo discrepancias tácticas para la alternación en el poder, en detrimento siempre del pueblo colombiano.  Este pobre pueblo que es siempre espectador de la farsa, ocasionalmente actúa como coro en la repetición de las consignas, pero jamás recoge beneficios.

 

Una afirmación de programa Conservador de 1849 conserva su vigencia.  Dice caro.  “Ser o haber sido enemigo de Santander, de Azuero, o de López, no es ser conservador. Porque Santander,   Azuero, y López defendieron también, en diferentes épocas, principios conservadores”. Tampoco en nuestros días es suficiente pensar como los Lleras o los Santos, para ser liberal. Su reformismo es plenamente conservador, sin interés ninguno en la redención de las masas. Tanto liberales como conservadores heredaron sus manías de los caciques ya que no señores feudales criollos.  Liberalismo y Conservatismo son partidos creados para el uso de los patricios santafereños desde los años de la llamada liberación de España. Sustituidos los explotadores peninsulares por nuestros héroes y próceres de la independencia – y sus descendientes!- todos convergen en una ideología común:  son conservadores. Conservadores de la política económica vigente,  conservadores del esclavismo, conservadores del estado de vida y del modo de conducta oligárquicos,  conservadores de la servidumbre, todos monarquistas  o aristocráticos. Pero posan de informados y de progresista esgrimiendo en las tertulias la importadas ideas de republicanismo y democracia, como flor de solapa o modo último.  Miguel Jiménez López, conservador ilustre, dijo en 1922 que entre los partidos liberal y conservador no había diferencias sino de marbete.  Y en 1942 López repitió la afirmación y urgió a definir las fronteras entre ellos.  Y a pesar de cambios que parecen radicales, todo sigue esencialmente igual.  El liberalismo de 1863 postulaba la libertad o derecho de insurrección desde el articulado mismo de la Constitución, y propugnaba la libertad de comerciar armas y municiones. Ha sido  reemplazado por el liberal-conservatismo del estado de sitio permanente.  El conservatismo tuvo que ceder en su intolerancia hacia los cultos diferentes del catolicismo vaticano.  La cuestión del centralismo o la descentralización ha dejado de ser bandera de partido: ahora es estrategia de gobierno. El liberal-conservatismo ha dejado en apariencia de ser individualista; ahora es intervencionista y planificador, con aires de socialismo hasta donde se lo permite el capital. Y tenemos un problema sociológico sin respuesta aún: todo el mundo cree que nuestros partidos son chatarra histórica.  Pero los nuevos partidos no sobreviven al parto.  Fracaso han sido los intentos de Gaitán y de Alzate Avendaño, y fracaso son los contratos contemporáneos de la Democracia Cristiana y el partido Anapo. . . .

 

El plebiscito del 57 sirve para que los partidos reorganicen la comedia  y el relevo de actores. Mediante la votación masiva atraída por el señuelo de la igualdad electoral de los sexos, los liberales aceptan la Constitución de 86 con la reforma de 1910, y a su vez los conservadores se tragan sin chistar las reformas “liberales” del 36 y del 45. Todo con el objetivo estratégico de continuar en el usufructo y la explotación de las masas colombianas. Es fruto de esta conciliación el que en los últimos diciocho años se haya logrado llevar a realidad los programas “liberales” de los grandes teóricos. Pero, desde luego, no se han llevado a la práctica como ellos los concibieron:  son ideas liberales, servidas al modo conservador, Como para quedar en las mismas.

 

Desde mediados del siglo pasado, esbozando sus programas antipopulares, el conservatismo postuló que sería el partido defensor  de la propiedad “contra el robo, el comunismo, y el socialismo”, es decir, convirtió  la preocupación por los problemas sociales en un delito común.  Este criterio conservador a veces se deja ver detrás de las banderas liberales, sobre todo cuando son izadas desde el poder. . . .  El socialismo,  el comunismo, también siguen siendo delito para el partido liberal, especialmente cuando lo acusan de no haber realizado todas las promesas que usó como consignas en la conquista de los votos. . . .  Lleras Restrepo invadió con toques de guerra la Universidad Nacional, porque la Universidad se negó a convertirse en cancha de resonancia para el pensamiento  y los caprichos presidenciales.

 

Y, por fin, algunas sugerencias críticas que, expuestas desde la Convención de Juventudes reunida en Medellín en Mayo de 1959, han sido desvirtuadas y disfrazadas las unas, y simplemente archivadas las otras.

 

1.-    Creación de la Milicia Nacional, de carácter civil. Degeneró en la organización  de la “defensa” civil, refugio de militares en retiro.

2.-    Protección de las libertades políticas. (El artículo 28 de la Constitución es una creación típicamente conservadora, no importa que haya sido  redactada por liberales).

3.-     Reconocimiento de todos los partidos políticos. (El liberalismo, en yunta con el conservatismo, proscribió todo lo que no fuera “liberal-conservatismo”, al consignar en la constitución el –monopolio administrativo del país por el Frente Nacional desconociendo la existencia  de otras corrientes de pensamiento.

4.-       Nacionalización del crédito y los seguros.

5.-       Producción, importación y distribución oficial de drogas.

6.-       Revisión automática de sueldos y salarios Trimestralmente.

7.-       Seguridad social para los campesinos.

8.-       Seguro de desempleo.

9.-       Sindicalización obligatoria.

10.-     Limitación del derecho herencial.

11.-     Control al capital extranjero.

12.-     Educación secundaria gratuita.

13.-     Educación laica.

14.-     Autonomía académica, administrativa y económica de la Universidad.

15.-     Libertad de cátedra y de investigación científica.

16.-     Cogobierno.

17.-     Limitación constitucional de los gastos administrativo.

18.-     Limitación constitucional de los gastos militares.

19.-     Adscripción de órganos investigadores, cárceles y parcialmente de la fuerza pública, a la Rama Jurisdiccional.

 

Diecinueve puntos para “hacer” y dejar de hablar.

 

Estos son los casos que hemos reflexionado mirando lo que ocurre en las plazas de mercado, en las plazas de mercado, en las concentraciones públicas,  en las escuelas de vereda,  en las cárceles, en los mítines universitarios, en las jornadas electorales. Hemos encontrado estas cosas en los ojos de los campesinos y en las arrugas de las vivanderas, en las camisas deshilachadas de los carpinteros, en las nóminas sucias de la burocracia, en la gente que asiste al cine barato y que se para en las vitrinas a mirar la televisión.  Hemos preguntado y discutido,  mirado,  medido y sopesado lo que dice la gente, porque le tenemos terror a las bibliotecas.  Si hemos citado de memoria, ha sido cosa accidental y secundaria, y no respondemos de la autenticidad. El que quiera creer, que salga a las bibliotecas y meta el dedo.

 

 

 

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